<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638</id><updated>2012-02-08T12:25:45.860-08:00</updated><title type='text'>Calle Fascinación - Cuentos y relatos</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>32</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-353922721977164328</id><published>2012-02-04T14:39:00.001-08:00</published><updated>2012-02-04T14:39:59.724-08:00</updated><title type='text'>De puntín, fuerte y al medio</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpFirst" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Tal cual lo había soñado. Idéntico.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Ni la gitana de la esquina de la casa de Luganodonde creció podría haberlo descripto mejor. Tan vívidas le resultan lasimágenes que por un momento le parece estar viviendo un deja vu. Aunque enverdad el sueño no había sido tal, porque su imaginación lo había previsto todoen una vigilia perversa &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;e interminable. Nohabía podido pegar un ojo. Mientras Nuñez, su compañero de cuarto exhalaba plácidocada centímetro cúbico del aire que sus metódicos pulmones dormidos despedían enun silbido casi musical, él sufría la noche. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Nuñez, al que todos mirarían desde el primerminuto. Al que los contrarios buscarían sacar del partido a las patadas. Eltipo cuyo nombre brillaba justo encima del número nueve en las espaldas de lascamisetas de cada uno de los hinchas en la tribuna atestada de corazones agónicos.El de los posters en las revistas. El que, si la lógica lograba imponerse a un destinoinsólito, acapararía la tapa de todos los diarios, reposaba en paz. Y él, quemiraría la definición desde afuera, que apenas sería una anécdota de laestadística sentado en un banco de suplentes anónimo, no podía conciliar elsueño. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Y esas imágenes y sensaciones quelo acompañaron en su insomnio agobiante, ahora se consuman con fidelidad. Las piernaspesadas. Los pasos lentos y dubitativos. Las miradas de sus compañeros en laespalda intentando transmitirle el ánimo que no tiene; las de sus rivales,echándole las maldiciones que no necesita. Y un silencio aterrador que vuelvetodo más cruel. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Uno de los detalles que se había figurado en la nocheera verse durante el lento tránsito hasta el área contabilizando los pasos quecompletaban el trayecto. Como una forma de irse, de perderse, de olvidarse detodo antes de enfrentarse al momento culminante. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Y ahora recuerda eso cuando ya recorrió más dela mitad de la distancia desde el círculo central y sabe que no hay lugar paravolverse e iniciar el conteo inútil. Deja entonces esa idea de lado y empieza apensar en lo que tiene enfrente. En ese apelotonado grupo de hinchas sudadosque no pueden creer lo que el destino les ha previsto. Esos fanáticos que lo insultarona lo largo de todo el año. Que lo silbaron impiadosos cada vez que le había tocadoentrar. Que nunca le perdonaron nada. Esos hinchas cuyas voces le quedabanrebotando en su memoria por semanas enteras, expresadas en palabras hirientes queél recibió primero con incomprensión pero con &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;paciencia, y las que habían terminado por llevarloa odiar a los propios fanáticos. Seguro allí, en medio de esa masa humanaexpectante, está aquel tipo que había avergonzado a su madre en la verduleríade Lugano, con una frase que su vieja no se atrevió a repetirle, pero que habíaconseguido que luego de una cena fúnebre, la familia entera le haya pedido que abandoneel club. Y también los imbéciles de aquella tarde de tormenta despiadada, que casien la intimidad lo habían aplaudido socarronamente cuando se tiró al piso y abortóun contragolpe peligroso sobre la hora. Y mientras recibe en sus manos lapelota que el árbitro, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;tan nervioso comoel último de los protagonistas, le entrega titubeante, siente que está frente ala oportunidad única de &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;consumar suvenganza. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;- Entrá y hacé tiempo – escuchó &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;media hora antes de boca de su técnico, que ademásle había gesticulado a Gimenez instigándolo a que se tire al piso lo más lejosposible, para que la caminata de despedida se vuelva más larga. – Dejemos quetermine, que están muertos y en el alargue los pasamos por arriba- fue la últimafrase que sus oídos retuvieron antes de recibir el beso veloz de un &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Gimenez exhausto y la palmada en la espalda quelo empujó al campo de juego. Ni siquiera había llegado a tocar la primerapelota, y con ella recibir los seguros primeros silbidos, cuando el árbitropitó y sus compañeros corrieron a beber el agua que les llegaba en botellas lanzadascomo jabalinas. Y era verdad, los otros estaban muertos. Durante el alargue lescostó correr, se sacaron la pelota de encima; le pegaron de punta y a la tribuna.Se desplomaron todas las veces que pudieron para ganar minutos, y se limitarona ver como perdían en todas las jugadas divididas, como quedaban relegados en cadacarrera. La pelota los sobrevolaba y ellos la miraban impávidos, creyéndolainalcanzable. Pero así como esquivó a sus rivales, el mismo balón caprichoso tambiénrebotó en todos los postes, se desvió en cada remate, se rindió manso ante losguantes de un arquero que cada vez pareció volverse más ancho. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Un balón que cuando pasaron los minutosadquirió el peso de una roca y al que ya nadie consiguió darle un destinopreciso. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Miró los veintiún penales que antecedieron a sucaminata en cuclillas. Como agazapado para iniciar una carrera desertora, se negóa formar parte de la cofradía lineal de brazos entrelazados que habían formadosus compañeros. Último había quedado en la lista de pateadores. Hasta elarquero Pontessi tenía un puesto anterior en el orden de la planilla que sutécnico había entregado al cuarto árbitro. Y con la vista sostenida en línea recta&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;por sobre medio metro del césped, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;vio como uno a uno todos los disparos se fueronconcretando en gol. Todos, menos el último. El del número veintinueve de ellos,el del pibe acalambrado que no había salido solo para no dejar a su equipo conun jugador menos. Casi que se tropezó con él mismo el pobre pibe, y lanzó untiro tan débil que Pontessi tuvo tiempo de vencer el impulso inicial y volversobre sus pasos para abrazarse a una pelota que le llegó dócil y obediente. Despuésllegó la concreción de la escena de la noche insomne, recreada en la tardecalurosa y expectante. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Acomodó el balón sobre el punto blanco bajo la miradade un árbitro riguroso que se aseguró que no gane un solo centímetro de ventaja.Mientras retrocedió tomando carrera dudó cuál sería el ángulo que mejor leaseguraría su yerro resentido. Recién cuando estuvo a cinco pasos de la pelotareparó que en su caminata seguro se había cruzado con el pibe acalambrado quele había permito acceder a ese instante de venganza, y no haberle dado unabrazo fue el único gesto del que se arrepintió. Aunque seguro los relatores enlas radios buscaban palabras imposibles para describir el silencio reinante, élpodía escuchar un murmullo culposo que llegaba desde los escalones incrédulos. Miróhacia ellos, a todos los rostros que para él son todos el mismo. El rostro delsilbido cruel, del aplauso sarcástico, de la voz insultante, y la frasedesconocida y anónima en la verdulería de Lugano. Pero es la casualidad la quelo lleva a posar su vista en un pibe de unos doce años. Tiene los ojosenrojecidos y muerde una medalla con tanta fuerza que de su boca asoman losbrazos de un Cristo plateado a punto de quebrarse. Su cuello es abrigado porlos brazos de un padre tenso, que aprieta los dientes y se aferra a su hijo connerviosismo. Vaya a saber por qué motivo sus ojos se detienen en esa escena ycon esa fotografía fija en la mente es que inicia la carrera hacia el balón. Yes la imagen del chico liberando al Cristo en un grito de gol inolvidable, laque lo lleva a cambiar de idea y obedecer el lejano y sabio consejo de su padre:de puntín, fuerte y al medio. Así se patea un penal. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Ahora soporta el peso de sus compañeros que lo apelmazancontra el césped y que le impiden ver los saltos y los llantos en la tribuna extasiada.En medio del amontonamiento Nuñez alcanza a besarle la frente con la misma devocióncon la que besa la estampita de la virgen en el vestuario antes de cada partido.Él se deja abrazar y sacar la camiseta que es ofrendada a la hinchada por manosdesconocidas. Y aunque piensa en el chico del Cristo en la boca y lo imagina enandas de su padre. Y aunque oye los cantos alegres mientras es arrastrado a unavuelta olímpica que empieza a recorrer sus primeros pasos, e intenta dejarsellevar por un fervor que no terminará por ganarlo nunca; él mira la pelota queen la fuerza de su patada quedó encastrada en la red del arco del que losfestejos lo van alejando, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;y no tieneconsuelo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-353922721977164328?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/353922721977164328/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2012/02/de-puntin-fuerte-y-al-medio.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/353922721977164328'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/353922721977164328'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2012/02/de-puntin-fuerte-y-al-medio.html' title='De puntín, fuerte y al medio'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-2474495718371565161</id><published>2012-01-21T14:07:00.000-08:00</published><updated>2012-01-21T14:07:17.908-08:00</updated><title type='text'>Desencanto</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Un encanto. Me dijo que era unencanto cuando yo esperaba por lo menos que me trate de maleducado, o mucho mejor,de pervertido. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Esperaba recoger todo suodio, verla inflarse de rencor y recibir un cachetazo colmado de su desprecio. Perono. Yo esperaba el peor de sus insultos y ella me respondió con un elogio que sonócasi como un piropo amable: me dijo era un encanto. Y yo sentí que el cuerpo seme desintegraba, que las manos se me hinchaban y los dedos se convertían en lanzasde fuego. Yo que me había dedicado a mirarle los pechos de manera grosera a lolargo de toda la noche. Directo, sin rodeos ni simulaciones. Fijando mi vistaen el canal generoso y profundo que se hundía en su corset.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Dirigiendo mis pupilas insolentes comosi&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;estuviera hincando los dientes en sugenerosidad. Abusando de su obligación de comportarse y actuando de la peormanera en una inútil represalia por cada una de mis insinuaciones ignoradas alo largo de años. Porque ni mis atenciones, ni cumplidos, ni mis elogios, misregalos, ni mis galanterías habían tenido efecto alguno en su atención. Tampocomi complicidad interesada; ni siquiera había valorado mi oído, que generoso la habíaacompañado cada una de sus desilusiones. Y se acercó a saludarme con dulzura ymientras yo elocuente fijaba mi vista en sus pechos firmes y abundantes, ellaapenas sonrió y me dijo que yo era un encanto. Un encanto. Como le dicen lastías solteronas a sus sobrinos antes de pellizcarles los cachetes y regalarlesun dulce. Como una maestra jardinera despide a sus infantes al final de cadaaño. Y entonces me alejé enfurecido, buscando extinguir mis dedos candentes &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;con cuanta copa fría quedaba a mi alcance, esperandoel mejor momento para concretar mi venganza. Mientras tanto ella y los suyosbuscan desesperados el cuchillo gigante con el que a cuatro manos y sonriéndoleal fotógrafo, pensaban cortar la primera rebanada de un pastel empalagoso detanto.&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-2474495718371565161?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/2474495718371565161/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2012/01/desencanto.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2474495718371565161'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2474495718371565161'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2012/01/desencanto.html' title='Desencanto'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-593623296813130489</id><published>2012-01-13T19:58:00.001-08:00</published><updated>2012-01-13T20:15:36.692-08:00</updated><title type='text'>Paradoja</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Conocer el clima le había dado esa ventaja. A pesar delos años sabía del viento frío que se apoderaba del pueblo hacia el final de lastardes, y mientras en el andén un puñado de pasajeros ocasionales compañeros deviaje, hurgaban sin pausa en el fondo de sus bolsos, él, previsor, se calzó lacampera con la que había viajado y colgó el pequeño bolso de su hombro. Aspiróprofundamente y&amp;nbsp; el inconfundible aromade los eucaliptos resultó un falso indicio de recuperación en su sentido depertenencia. Miró a los alrededores buscando sin éxito encontrar rastros en sumemoria de alguno de los rostros que lo rodeaban indiferentes. La vieja terminal,tan patética y ruinosa como siempre, lo recibía con la misma apatía con la quelo había despedido. Si en algún momento del viaje dudó en si era posibleregresar de incógnito, estaba empezando a comprender que no se trataba solo deuna posibilidad, sino de una certeza inquebrantable.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Veinte años habían pasado desde su partida. Dos décadascompletas conviviendo con el recuerdo de una noche infortunada. Diez minutos delocura durante una pelea como tantas que terminaron con una botella de ron,maliciosamente quebrada, incrustada en el abdomen de un hombre. De MarceloGarcía Ríos, el mismo hombre que cuarenta y ocho horas atrás recibía de manosdel intendente un reconocimiento por los avances agrícolas conseguidos por suempresa en la zona. Todavía su vista no podía borrar la imagen de la foto en eldiario, mostrando solemne y sonriente a quien desplomado sobre una mesa,&amp;nbsp; escupiendo sangre a borbotones y sacudiéndoseen espasmos había motivado su fuga intempestiva en medio de aquella nochedesvariada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Interminables días de hotel viendo un espía en cadapasajero, creyendo en todo empleado servicial a un posible delator. Imaginandoel momento en que la puta aun sudorosa se dirigiese hacia la puerta, parapermitir el ingreso de los policías que la habían utilizado como eficaz señuelo.Viendo en todo comerciante atento a su peor enemigo y desconfiando de cadamirada directa hacia sus ojos. Huyendo hasta de sí mismo pues no sabía en que momentosu cabeza diría basta, y agobiado por la culpa decidiera renunciar y entregarse.Convivir sospechando de todo y de todos lo transformaron en un ser mas ermitañoy oscuro de lo que jamás había imaginado. Rendido ante un pesimismo pertinaz,su vida solo se había limitado a una premeditada sucesión de movimientoscalculados con la frialdad que la creciente paranoia le fue exigiendo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;Veinte años de suvida creyéndose el más astuto de los fugitivos, sin saber que su&amp;nbsp; éxito se había debido a la inexistencia deperseguidores. Pero ahora sabía que existía algo peor que huir eternamente. Larazón por la cual pasó casi la mitad de su vida sin otro destino que la nada,no existía. ¿Por qué nunca había dudado del verdadero destino en aquella nochede tragos y naipes endiablados?&amp;nbsp; ¿Porqué&amp;nbsp; jamás ningún indicio lo llevó siquiera asospechar que la agresión no había sido mortal? Las preguntas se sucedían en sumente sin encontrar alivio en ninguna respuesta ¿Era aquella huida inútil acasosu castigo? Era esa la incógnita que más lo había inquietado durante todo elviaje de regreso y la posible respuesta positiva se enfrentaba con otrapregunta implacable. Porque si eso era cierto, ¿cómo debía interpretar entoncesla noticia que lo liberaba de su culpa? ¿Había sido solo una casualidad o erauna señal con la que el destino le daba la oportunidad de reponerse? Su errorde apreciación en medio de la desesperación le había robado veinte años y ahorasu único objetivo era encontrarles un sentido.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Después de aquella foto redentora, volver se habíaconvertido en una necesidad imperiosa. Lo había decidido con la certeza que elincógnito sería su mejor escudo para reinsertarse a la vida pública sininconvenientes. Pero ni bien puso un pie en el suelo del pueblo supo que no podíaimaginar la manera de rehacer una vida normal en una comunidad que ahora leresultaba ajena. Por otra parte nunca estuvo seguro de querer hacerlo, más alláde los iniciales arrebatos que siguieron al día en que se topó con la foto deGarcía Ríos en el diario. Y además su principal inquietud era ahora saldar lagrieta que la insensatez del auto destierro había dejado en su espírituderrotado. Fue entonces en la plaza del pueblo, sentado mirando hacia lafachada de la terminal, donde ideó y planeó la manera de significar sus veinteaños a la deriva. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;Sacó el diario desu bolso y buscó ansioso la página en donde se informaba de la cena de agasajoal condecorado Marcelo García Ríos. Sus dedos nerviosos fueron rompiendo cadahoja que dejaban atrás, hasta que dio por fin con la información. Reconoció elnombre del salón y después arrojó el diario en un cesto de basura. Aún era tempranoy tenía hambre. Volvió a la estación, se dirigió hacia un puesto en el hall ypidió un sándwich y un vaso de vino. Devoró hambriento hasta la última miga depan y bebió el vino de un solo trago. Una vez saciado, dejó pasar todo eltiempo posible y cuando el viejo reloj que presidía la sala marcó las nueve, selevantó y se dirigió hasta el baño. Se aseguró de no tener a nadie cerca antesde abrir su bolso y sacar la larga y filosa cuchilla que lo acompañaba desde eldía de su huida. La guardó cuidadosamente en el bolsillo interno de su camperay se encaminó hacia su destino.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A paso firme llegó hasta el sitio aún poco poblado yencontró refugio enfrente de la entrada, escondiéndose entre las columnas deuna vieja casona oscura y en silencio. Paciente observó los movimientos en lapuerta del salón. Se concentró en controlar la llegada de unos pocos autosporque la mayoría de los invitados pareció preferir llegar a pie. Se mantuvoalerta a lo largo de lo que él imaginó fueron la cena, el reparto de honores ylos discursos de ocasión. Por momentos descubrió un inmenso placer en esaespera. Tanto que el demorado final no lo inquietó en ningún momento y solointerrumpió su atenta guardia para llevar insistentemente su mano derecha haciael bolsillo opuesto, y confirmar que la cuchilla siga en su sitio. Como si los añosen que había vivido en la incertidumbre no le permitieran dar un solo paso queno estuviera fundado sobre certezas absolutas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Finalmente un murmullo creciente le indicó que habíallegado el final. Un portal de madera se abrió dejando paso a la salida de losinvitados que entre algunas risas y saludos estentóreos produjeron un alborotoque no alcanzó para sustraerlo de su concentración. Su presencia pasó inadvertida,tanto que su ocultamiento pareció inútil. Mientras el gentío se despejabacomenzó a inquietarse, y aunque ahora conocía el desenlace de aquella nochelejana, cuando el homenajeado salió finalmente del salón no pudo evitar unescozor al verlo andar saludable y vivaz. Esta impresión le hizo perder unos segundos,pero ni bien dio inicio a la persecución, apuró su paso. Sigiloso fue ganandoterreno y cuando finalmente estuvo a tiro de su presa, llevó su mano albolsillo y apretó con fuerza la empuñadura de la cuchilla. Levantó su brazo yenfiló violentamente la punta hacia el centro de la espalda de García Ríos. Elestiletazo ya estaba lanzado cuando intuitivamente la víctima giró sobre suizquierda y la cuchilla rozó su hombro, apenas rasguñándolo. Él acompañó con sucuerpo el envión agresor y luego de trastabillar quedó inmóvil shockeado por elyerro. Esos instantes que demoró en reaccionar fueron tiempo suficiente paraque dos hombres&amp;nbsp; lo redujeran antes quepudiera idear un escape.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="font-size: 12pt;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ahora descansa sentado en el piso de una celda húmedamientras un agente transcribe sus datos personales en una ficha. El eco delrepiqueteo de la máquina de escribir es lo único que sus oídos pueden percibir.Afuera el herido muestra su hombro rasgado y relata una y otra vez elincidente, asegurando desconocer tanto la identidad del agresor como el motivo delataque. Él sólo desea ahora dormir por otros veinte años, mientras asume resignadoque alguna vez había huido por creerse lo que nunca llegó a ser, y hoy es prisioneropor fracasar en el intento de serlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-593623296813130489?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/593623296813130489/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2012/01/paradoja.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/593623296813130489'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/593623296813130489'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2012/01/paradoja.html' title='Paradoja'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-3881734222201563624</id><published>2011-12-17T14:57:00.000-08:00</published><updated>2011-12-17T14:57:10.478-08:00</updated><title type='text'>No me molestes</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpFirst" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Los sábados a la mañana son para eso. Para andar sinsaber muy bien adonde. Vagar se dice, verdad? O no. Tal vez tener un destinopreciso, pero en el mientras tanto engañarse pensando que uno no sabe muy bienadónde va. Viajo en colectivo. Leo como Jed Martin, protagonista de la últimanovela de Michel Houellebecq, dialoga con el propio Michel Houellebecq. Cuandoleo, a veces me dan ganas de escribir. Por ejemplo, ahora tengo ganas deescribir mientras leo a un escritor creando un personaje que se entrevista con supropio creador. No está mal, podría intentar hacer algo parecido, por qué no?Ser el protagonista de mi propio cuento. En definitiva, en la novela, Martin yHouellebecq comparten un vino argentino, como el que yo llevo embalado comoregalo. Para quién? No importa, ese es el destino. Ahora interesa el mientrastanto. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Escucho a los Beatles. Beatles pero no al azar; escuchoa los primeros Bealtes. A esos iniciales escarabajos simples e irresistibles.Antes que cualquier odontólogo les meta nada en el té y los haga ver&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;diamantes en el cielo. De “Help” para atrás,ni siquiera “Rubber soul”. Beatles en retrospectiva. Siento como aún desaprendiendoen un tiempo que retrocede, los tipos siguen tan talentosos como el último día.Entonces yo, protagonista de mi propio cuento, podría figurarme también retrocediendoen el tiempo. Incluso podría aprovechar el vino que llevo de regalo y utilizarlopara hacer una analogía con mi viaje. Que el vino salga de la botella, sereencuentre con la madera, se desprenda de los aromas y se vuelva mosto ynéctar. Un gran recurso. No sé si muy original, pero con las palabras adecuadasresultaría un buen golpe de efecto.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Colectivo casi vacío, algo ruidoso el motor como paraleer cómodo, pero si puedo escuchar a los Beatles y leer al mismo tiempo, elmotor no es suficiente impedimento para continuar. Suena “Don´t bother me”. Yen virtud del retroceso, me acuerdo que hace diez años que murió GeorgeHarrison. Diez años también de la noche de un sábado caluroso de diciembre, deesas noches en las que en &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Buenos Airesno corre una gota de aire. Un sábado en el que el flaco Spinetta homenajeó aGeorge Harrison cantando precisamente “Don’t bother me”. Obras ardía, en verdadtodo Buenos Aires ardía. Y si uno levantaba la vista hacia el horizonte, el restodel país no ardía menos que Obras. Y el flaco, solito con su acústica resultóuna brisa fresca. Imperdonable caer en la rutinaria expresión “brisa fresca”para definir al flaco Spinetta cantando a George Harrison. Pero es un colectivoruidoso, que además salta sobre un empedrado imposible que pone a prueba lafragilidad del vidrio de la botella, y yo voy leyendo, escuchando a los Beatlespelear contra el motor, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;y recordando esemomento, mientras intento desandar el tiempo que me separa de la misma vivenciaque voy evocando.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Debería haber traído copas. Dos copas. Cuando resultanefectivas, las sorpresas son factibles de quedar a la merced de imponderables. Comopor ejemplo, que el sorprendido no tenga copas. Y aunque los mediodías desábado no detenten las mismas pretensiones de elegancia que las noches, esevino que en el cuento se escapó de la botella y volvió a la vid, merece algomás que un vaso tibio de aparador húmedo. Mi memoria no recuerda ningún bazarentre la parada en donde debo bajar y el tercer timbre del segundo piso &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;en donde voy a &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;anunciarme de improviso. Así que será cuestiónde preguntar y, de paso, sumar personajes a mi cuento. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Las personas&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;caminan mirando el piso, y cuando venque me acerco con intención de preguntarles algo, aceleran el paso. Puede queestén apuradas, pero a mí se me da por creer que en realidad saben todo, y loque no quieren es aparecer como personajes secundarios en un cuento anodino. Yosolo busco un bazar para comprar dos copas, así que con un par de indicacionesy gestos bien podrían informarme sin necesidad de entablar diálogo alguno, perono hay manera de explicárselos, porque solo me rehúyen. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Miroalrededor y en todas las direcciones sucede lo mismo: gente cabizbaja yapresurada alejándose de mí. Se levanta viento y me produce un escalofrío.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Cargo el libro bajo un brazo y con el otrosostengo la botella. Los Beatles siguen en mis oídos. Las hojas y las bolsas denylon abandonadas vuelan siguiendo el rumbo de la ventolina. De repente sientoque soy el protagonista del cuento, pero que ese cuento ya no es mío. Y aunqueen principio eso me inquieta, resulta que después termina por aliviarme. Deseguro el autor usurpador sabrá guiarme hasta el bazar y hacerme de las copas,pienso. Entonces me ilusiono. Solo es cuestión de esperar, aunque no tengo &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;tiempo de sobra. Me recuesto sobre una paredrugosa, que al contacto con mi espalda deja caer partículas de revoque gastado,y dejo pasar el tiempo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Debíhaberlo previsto, nada trascendente puede ocurrir en un cuento en el que yo seaprotagonista. Miro el reloj, me digo que aún estoy a tiempo, y decido correr elriesgo de los vasos húmedos. Pero antes debo resolver lo que dejé pendiente. Pasandos chicas, deben tener unos doce años cada una. Saltan y se pegan unos sopaposdébiles en las mejillas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- Disculpen – les digoen un tono suave que no las amedrente.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;Desafiando todos los segurosconsejos familiares, para mi sorpresa las jóvenes &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;se acercan.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- Sí? – preguntan curiosasy sonriendo, sin dejar de golpearse, pero ahora haciéndolo con el revés de susmanos contra la cintura. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- No les gustaríaprotagonizar un cuento?- les ofrezco&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;Las debo habersorprendido, porque piensan unos segundos en silencio.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- Un cuento? Nosotras?-dice las más alta mirando a la otra, que todavía parecía no haber entendido el ofrecimiento.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- Dale! No estaríabuenísimo, boluda? – prosigue la primera en contestar, consiguiendo quebrar laapatía en la mirada de su amiga. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- Y qué hay que hacer?-me pregunta entonces la más pequeña.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;Levantando los hombrosy sobreponiendo el labio inferior sobre el otro, les hago saber con el gestoque no tengo la menor idea. Inmediatamente me doy cuenta que eso puededesanimarlas, así que pensé en corregir mi impulso cuando la otra me respondió:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;- No importa, yaveremos- &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;Después le pegó unsopapo a su amiga, bastante más fuerte de lo que venían pegándose y corrió. Laotra salió a perseguirla. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Levanté la vista y me encontré desorientado y perdido,sin guión a seguir. Bajo el brazo guardo un libro desconocido y a mi ladodescansa una bolsa con una botella de vino. En mis oídos dos voces jóvenes ychillonas me aconsejan: hay un lugar adonde puedo ir cuando estoy&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;deprimido. Entonces camino hasta llegar a unaplaza y me siento en un banco de cemento, dispuesto a abrir la botella de vino.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Ellase acerca despacio. En sus manos trae un sacacorchos que me entrega ni bien sesienta a mi lado. Hurga en el bolso y extrae dos vasos de vidrio grueso. Memira a los ojos y &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;me sonríe. Las chicasprotagonistas de mi cuento abandonado pasan corriendo y ahora cargan con unconejo blanco. Cuando pasan cerca del banco saludan, pero solo a mí. A ella noparecen verla.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormalCxSpMiddle" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-3881734222201563624?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/3881734222201563624/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/12/no-me-molestes.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3881734222201563624'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3881734222201563624'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/12/no-me-molestes.html' title='No me molestes'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-6187812799666264068</id><published>2011-12-03T13:57:00.001-08:00</published><updated>2011-12-03T17:02:30.953-08:00</updated><title type='text'>Probabilidad y estadística</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;Llegué con lamochila cargada de libros y fotocopias. Tres cuadras, tres larguísimas cuadras,o al menos así me parecieron esa tarde de domingo con todo ese peso &amp;nbsp;a cuestas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;– Maldito examen &amp;nbsp;y la puta quelos parió al momento en que se me dio por estudiar ingeniería - murmurémientras me acerqué al único poste de la cuadra. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Perdón. Acá para el setenta y cinco?- le pregunté al hombre dechambergo y saco deshilachado que esperaba junto al poste.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Sí, acá para. No ve el cartel?- contestó de mala manera, haciendogala de una voz gastada y añosa.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Y…la verdad que no. Está medio borroneado el cartel, no?- &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;La verdad era que el cartel no se leía en absoluto. La maderadespintada y descolorida apenas entregaba rastros de haber sido un letreroindicador. Como si años de cambios de temperatura, lluvia y viento no hubieranpodido con el trozo de madera astillado, y se hubieran conformado con robarlesu sentido útil. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- La última glaciación lo debe haber dejado así – dije a manera dechiste tonto para entrar en confianza. Y para mi sorpresa funcionó, porqueantes de voltearse nuevamente al frente, debajo del ala del sombrero el hombredejó ver una leve sonrisa. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; En la cuadrareinaba un absoluto silencio. Algunas ventanas estaban entreabiertas, pero sialguien moraba en esas casas, estaban haciendo honor a la sagrada siestadominical. Ni pájaros se oían, aunque los árboles frondosos ofrecían un amplioespacio para su refugio.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Va lejos? – me preguntó el hombre, rompiendo el silencio.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Mas o menos – contesté – Voy a la casa de un amigo a estudiar paraun final. Probabilidad y estadística. A usted le parece nombre para unamateria? - &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Cartel?- me preguntó de nuevo el hombre ignorando en absoluto mis detalles y girandoapenas el cuello por sobre su hombro.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Perdón?- dije desorientado.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Cartel. Qué cartel espera?-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Ah! Cualquiera me da lo mismo. El A me acerca un par de cuadras más,pero es lo mismo-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Bah!- exclamó en tono decepcionado – A, B, C, rojo, azul, verde,anaranjado. Es lo mismo porque no viene ninguno hace tiempo –&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;Hizo un breve silencio aspirando el escaso aire que la tarde calurosa permitíay retomó: &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Ármese de paciencia joven que esto va para largo-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;En un principio me asusté, pero después pensé: otroviejo exagerado. Entonces me olvidé de su advertencia. De todas maneras eltiempo no me sobraba, así que abrí la mochila y hurgué buscando uno de losapuntes para adelantar la lectura. Ni bien escuchó el cierre descorrerse, elhombre se volteó nuevamente.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Perdón, no tendría…-.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Fuego? – lo interrumpí &amp;nbsp;– No,no fumo- expliqué anticipándome al pedido. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- No, fuego no – me corrigió. - Pilas. Si no tendría un par de pilas –pidió para mi sorpresa. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;Jamás nadie me había pedido pilas en la calle. – Por el partido, vio?-dijo mientras me mostraba una Spica portátil negra igualita a la que una tardejugando al técnico electrónico, yo había terminado por inutilizar. Me quedéobservando el aparato, con mezcla de sorpresa y admiración.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Patea Onegaaaa…. gritó Fioravanti y mientras estiraba las “a” laradio hizo como si carraspeara y el volumen se esfumó de repente. Las pilas,deben haber sido las pilas que se agotaron – me contó el hombre como si yopudiese alcanzar a entender algo de lo que salía de su boca. - Ya lo habíahecho un par de veces antes – continuó- y cuando la sacudí arrancó de vuelta,pero ya no – sentenció mientras con su mano derecha agitaba la Spica de manera tannerviosa como ineficaz.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;-Fioravanti? Onega?- le pregunté anonadado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Fioravanti dije? –. &amp;nbsp;Se palmeóla frente reprendiéndose – Ese idiota se fue a Avellaneda. El otro era, cómo esque se llama? – me preguntó, pero me hice el desentendido, porque no tenía lamenor idea de qué responder. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Estamos a cuatro y faltan dos partidos,&amp;nbsp; pero el rojo se cae. Si hoy pierden conRacing los alcanzamos en la última, acuérdese de lo que le digo –&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;El hombre continuó con su divague atemporal, ignorando en absoluto misorpresa. – Aparte con Argentinos no pasa naranja – remató. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Bueno, tiene o no tiene pilas para darme? – me inquirió ansioso.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- No…no tengo –contesté inseguro.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Y una radio? Al menos si me presta una radio mientras llega elcolectivo – me pidió como segunda e insólita opción.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;Yo había dejado los auriculares del celular a propósito en casa, para notentarme con la música y aprovechar para leer todo lo posible en el caso que elcolectivo me deparase un asiento libre. Así que le dije que tampoco tenía unaradio, cosa que pareció fastidiarlo.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Perdón, usted de qué cuadro es? – me preguntó&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- De Velez – respondí - Pero mucho el futbol no me interesa – leexpliqué genéricamente como para salirme de la conversación&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- De Velez! – exclamó- De Velez!- repitió con mayor entusiasmorecalcando cada una de las sílabas, y después se mordió el labio inferior,negando levemente con la cabeza – Y cómo va a interesarle el fútbol – dijomientras resignado apoyaba la radio a su oreja intentando inventarse un relatoimposible. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Pasaron unoscuantos minutos más. El dato de mi simpatía por Velez había motivado a que elhombre pase a ignorarme por completo. La espera se hacía larga y el silencioera tan absoluto que me permitió percibir que ningún motor rugía en diezcuadras a la redonda. Cansado me acerqué a un umbral cercano a la parada&amp;nbsp; y me senté. Saqué los apuntes y empecé a leercuando volví a escuchar la voz del hombre dirigiéndose a mí.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- No viene más. No me va a decir que no le avisé, no?-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Es domingo, por eso tarda más de la cuenta – dije intentandoconsolarlo, y al mismo tiempo infundirme un poco de una confianza que empezabaa escasear. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Esto con Perón no pasaba – aseguró, causándome una sonora carcajada.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;Y no sé si fue mi carcajada o qué, pero lo cierto fue que el hombre repentinamentese inquietó. Bajó el sombrero sobre sus ojos, descendió de la vereda y desde lacalle comenzó a mirar nervioso hacia ambos lados. &amp;nbsp;Después se agachó apenas mirando debajo de laventana entreabierta que daba justo frente a la parada del colectivo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Usted no escuchó nada, verdad? – me preguntó, y repitió la frase,pero en tono de aseveración: - Usted no escuchó nada- me dijo mirándome fijo alos ojos con un gesto amenazante, no carente de un componente de súplica. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Si escuché qué?- le pregunté por las dudas que alguna palabra quehaya escapado de mis oídos fuera las causantes de su súbita perturbación.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Así me gusta compañero- me respondió y me ofreció las manos a manera defelicitación, cosa que terminó por desconcertarme. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; A pesar de lafirmeza de su apretón de manos, el hombre nunca pudo volver a calmarse del todo.Golpeaba con la palma de la mano la columna de alumbrado, bajaba y subíapermanentemente de la vereda. Yo intentaba leer, pero entre su movimiento y elfastidio por la demora inusual del colectivo, me resultó imposible concentrarmeen los apuntes. Intenté reconstruir el diálogo con ese hombre que me resultabatan extraño, y que en ese momento murmuraba rítmicamente unas cuantas frasesinentendibles, que imaginé que podrían resultar el relato de su partido radialinconcluso. Guardé las fotocopias en la mochila y noté como la sombra habíaganado la calle, revelando lo avanzado de la hora. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Cosa de mandinga- &amp;nbsp;dije volviéndomehacia al hombre – Tenía razón, nomás-.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Claro que tengo razón- me contestó suficiente – Si yo le digo que estova para largo, es porque va para largo- dijo sin dejar de darme la espalda.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Volvimos aguardar silencio durante un rato prolongado, y finalmente yo acomodé la mochilaen mi hombro y resignado me dispuse a volver a mi casa.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Me voy- le informé sin necesidad, pero sintiendo que esa compartida ydilatada&amp;nbsp; espera, más &amp;nbsp;la conversación carente de sentido, noshubiese hecho dueños de algún tipo de complicidad.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp;– La verdad es que ya perdí latarde, mi amigo me debe estar puteando de lo lindo. Usted se queda?-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Y…sí- me contestó. – Qué más voy a hacer? En algún momento va atener que venir, no? Es un servicio público-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Bueno, suerte – lo saludé. Y empezando a deshacer los pasos hasta micasa, fue que me asaltó la duda.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Disculpe. Usted hace mucho que lo espera? – le pregunté.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;- Sí, mucho. Digamos que unos cincuenta y un años- me respondiódejándome anonadado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;Mirando el reloj, además me lo dijo. Como si con todo el resto no hubiesetenido suficiente para una sola tarde. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-6187812799666264068?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/6187812799666264068/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/12/probabilidad-y-estadistica.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/6187812799666264068'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/6187812799666264068'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/12/probabilidad-y-estadistica.html' title='Probabilidad y estadística'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-5501129171769459861</id><published>2011-11-29T18:21:00.000-08:00</published><updated>2011-11-30T19:25:27.792-08:00</updated><title type='text'>La entrevista</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Lo recibí con el desgano habitual de la primera entrevista que sigue al mediodía, más precisamente al almuerzo.  Me aseguré de ordenar medianamente mi escritorio y como siempre, de abrochar el saco. Una vieja costumbre: abrochar mi saco para desabotonarlo apenas haya tendido la mano hacia mi visita. Nunca me pareció un gesto de formalidad ni mucho menos; tal vez  un tic o apenas una cábala. Pero lo cierto es que esa costumbre que mantuve durante años no hizo otra cosa que infundirme seguridad antes de cada negociación, componente primordial de mi trabajo. Tomé el teléfono y avisé a la recepción: - Silvana, por favor haga pasar al señor -. Oí el ascensor; sus puertas abriéndose y cerrándose. Oí cada uno de los pasos hasta la puerta. Los dos golpes secos que me reclamaron. Me puse de pie y abrí la puerta. Extendí mi mano derecha en señal de saludo, y desabroché mi saco.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Entramos. Lo invité a quitarse el abrigado sobretodo que traía puesto y yo mismo lo colgué en el perchero de madera. Lo primero que hizo fue sentarse sin esperar invitación. Luego golpeando suavemente los dedos sobre el escritorio me esperó mostrándose ansioso. Al juzgar esa actitud como soberbia, me tomé todo el tiempo que la situación me permitió. Con cautela, y obviando el café de cortesía, finalmente me senté frente a él. Era un hombre de apariencia bastante común, de pelo entrecano mullido hacia las sienes. Rostro severo, nariz redondeada y colorada, aunque esto último probablemente debía adjudicárselo al frío. Bien presentado, arreglado con prolija sencillez, aparentaba unos sesenta años. Me entregó su tarjeta arrastrándola con desprecio por sobre el vidrio que protegía al escritorio, y antes que yo pueda decir palabra alguna, inició la conversación con una frase poco considerada: - Debe saber desde un comienzo que las condiciones del contrato proforma que nos enviaran resultan inaceptables -&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Después de varios años había accedido a ese alto puesto por mi capacidad para revertir el destino de las negociaciones más arduas. Siempre creí que el secreto estaba en entender a la otra parte como oponente más que como futura aliada. De esa manera lograba imponer condiciones y conseguir el mayor beneficio de la posterior sociedad. – Usted es implacable – había dictaminado el directorio la tarde del nombramiento. Dictamen del que se arrepentirían de inmediato de haber visto la forma en que la presencia del hombre que tenía sentado delante me intimidaba. Jamás había sentido semejante perturbación frente a un desconocido, algo que probablemente mi semblante revelaba, porque él me sostenía la mirada de manera tajante y abusiva, percibiendo y sacando provecho de mi turbación. En su rostro gris y taciturno se revelaba una mueca irónica que condicionó la entrevista desde un principio. Luego de su sentencia inicial había muy poco para negociar, pero mi orgullo me ordenó intentarlo de todas formas. Y sin embargo a medida que avanzaban los minutos y las palabras, cada vez se me hizo más difícil sostener el destino que pretendía darle al acuerdo. Se me anticipaba. Parecía saber de antemano cada oferta, cada contrapropuesta. Ni siquiera revisaba en las cuantiosas carpetas con las que se había muñido, y las cuales bien podrían haber estado vacías. La negociación se me fue de las manos. Casi diría que él había previsto cada detalle de la entrevista y mi papel se limitaba a interpretar una escena diagramada por mi interlocutor, que sin elevar el tono de voz, cada vez se mostró más convincente al tiempo que destruía cada uno de mis argumentos.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Su suficiencia avanzó a cada instante y mientras tanto yo busqué desesperado la manera de salir del embrollo y rescatar un negocio que inevitablemente se caía. Cada movimiento del hombre no hizo otra cosa que incomodarme, y asumí que todos los detalles estaban planificados. Hasta llegué a pensar en una trampa. Sus planteos destruyeron de antemano las ideas que yo fui reformulando en mi cabeza, y nunca encontré la forma de hacerlo dudar siquiera un instante. Sintiéndome un idiota miré como él chasqueaba su boca ninguneando mis apreciaciones, con pequeños gestos rechazaba mis pretensiones, y mientras todo esto ocurría, jugaba incesantemente con la tarjeta que había dejado apoyada sobre el escritorio. La acercaba arrastrándola y la retiraba. Como si la tarjeta guardase algún tipo de secreto al que solo podría acceder con un zarpazo al que no me atreví, porque deduje que de todas maneras él se me habría adelantado en el movimiento. Golpeaba con sus dedos sobre ella, la  fregaba contra el vidrio y la hacía girar sobre sí misma. Y entonces yo empecé a darle a aquella formal presentación una importancia desmedida. No pude volver a concentrarme. En la observación permanente, sugestionado por el jugueteo hipnótico de sus dedos, noté que la mano con la que jugaba sobre el vidrio era dueña de un notorio lunar en la parte dorsal, justo la misma zona en donde yo había empezado a notar una débil protuberancia días antes. Casi que estuve por preguntarle por ese detalle compartido, pero su alegato final resultó tan abrumador que no me quedó más remedio que aceptar mi derrota y resignar el negocio, asumiendo que la importancia de la inversión descartada me traería problemas en la empresa.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Demoró unos segundos en levantarse, como esperando de mí una última reacción, cosa que no sucedió; ni siquiera se me pasó por la cabeza. Toda la situación me había resultado un suplicio y la sola idea de volver a sentir la lógica arrasadora de aquel hombre me abrumaba. Antes de permitirle hacer abuso de su asombrosa manera de anticipar cada movimiento, prefería soportar los reproches que llegarían, y resignar el beneficio que el fracaso hiciera caer en suerte. Finalmente se levantó, recogió su sobretodo y se despidió apretando mi mano de manera inusual. Precisamente con la mano del lunar prominente atosigó mis nudillos e hizo que sonaran quebradizos, sin que el atropello borrara de su cara la adustez y la suficiencia de su expresión. Cuando finalmente salió me acerqué asegurándome que se introduzca en el ascensor que lo alejaría los nueve pisos que nos separaban de la planta baja. No cerré la puerta hasta no ver que los números del tablero habían señalado el cero. Entonces sí me volteé, y humillado entré nuevamente a mi oficina.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;Al cabo de unos segundos sentí un alivio inmenso, pero al cerrar la puerta esa sensación se borró repentinamente. Como si el peso de su presencia se mantuviese en el recinto. Como si su energía permaneciera en el lugar y con la orden de continuar abrumándome. Me volví a mi sillón y me desplomé. Nunca me había sentido tan pequeño en esa oficina a la que tanto me había costado llegar. Llamé a la recepcionista y le ordené cancelar el resto de las entrevistas del día.  Ensimismado, sin poder creer mi debilidad, me quedé con la mente en blanco y casi sin querer me encontré jugueteando con la tarjeta de presentación que él había dejado sobre el escritorio y con la que parecía haberme tentado a lo largo de la conversación. Noté que en la perplejidad ante el despliegue de su desparpajo, nunca lo escuché presentarse. Entonces tomé la tarjeta y mi sorpresa fue mayúscula cuando en el rectángulo de cartón plastificado estaba impreso mi nombre. Solté la tarjeta arrojándola al piso como si me quemara la punta de los dedos. El instinto hizo que mi vista de pronto se posase sobre el reverso de mi mano derecha, y noté como aquella incipiente protuberancia rojiza comenzaba a revelarse en un prominente lunar.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; Sin pensar ni entender muy bien lo que sucedía, levanté el teléfono para avisarle a la recepcionista que lo detenga, pero me arrepentí al instante. Me asomé a la ventana para verlo salir, pero el escaso panorama que ofrecía el noveno piso, sólo me permitió apreciar la vereda de enfrente. Esperé un momento y siguió sin aparecer. Me mantuve asomado por la ventana unos minutos más con el corazón en pleno embate de taquicardia. Supongo que debe haber caminado por la vereda impar hasta alguna de las dos esquinas y seguramente habrá buscado resguardo de la llovizna que empezaba a caer. Giré hacia mi oficina y me senté frente al escritorio. Busqué mi agenda e hice un par de anotaciones sin sentido. Durante el resto de mi vida, nunca más volví a cruzármelo.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-5501129171769459861?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/5501129171769459861/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/11/recibi-con-el-desgano-habitual-de-la.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/5501129171769459861'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/5501129171769459861'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/11/recibi-con-el-desgano-habitual-de-la.html' title='La entrevista'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1848636232618068081</id><published>2011-11-21T17:11:00.001-08:00</published><updated>2011-11-21T17:11:15.779-08:00</updated><title type='text'>Anomalías</title><content type='html'>&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; 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El espaciomuerto es experto y sabe de memoria que la impotencia nunca apela aoriginalidades. Entonces la voz entrecortada que pide perdón pasa inadvertida. Lasfrases y súplicas mueren sin peso en la tierra húmeda y perturbada. Una lápidavirgen es testigo de los estériles arañazos en&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;esa tierra que finge la solidez del mármol. Cada uno de los golpes delos furiosos puños cerrados retumba hueco en los oídos de un cuerpo entumecido,que los recibe como si llegaran al mismo centro de su estómago. Esa escenadesgarrada ha sido representada tantas veces que la muerte, tan acostumbrada ala muerte, en su trascurrir perpetuo decide omitir. Es por eso tal vez, quecomo en aquella fábula del pastor embustero, el aire no presienta el desordenen el cuadro.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;El hábito no alerta y sinsaberlo se vuelve cómplice. Entonces aunque esta vez los gritos y los ruegos,los llantos y la angustia lleguen desde lo profundo de la tierra, y sea elsilencio cruel el que reine en la superficie, nada consigue que el campo santopierda el equilibrio de su quietud, ni su imperturbable sosiego. El zumbido delviento se roba las últimas palabras agónicas, y una pala se desplomarendida,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;agobiada por la culpa.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1848636232618068081?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1848636232618068081/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/11/anomalias.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1848636232618068081'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1848636232618068081'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/11/anomalias.html' title='Anomalías'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-8225689402490747275</id><published>2011-10-29T11:41:00.001-07:00</published><updated>2011-10-29T11:42:05.650-07:00</updated><title type='text'>Malentendido</title><content type='html'>&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; &lt;w:WordDocument&gt;  &lt;w:View&gt;Normal&lt;/w:View&gt;  &lt;w:Zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;  &lt;w:HyphenationZone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;  &lt;w:PunctuationKerning/&gt;  &lt;w:ValidateAgainstSchemas/&gt;  &lt;w:SaveIfXMLInvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;  &lt;w:IgnoreMixedContent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;  &lt;w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;  &lt;w:Compatibility&gt;   &lt;w:BreakWrappedTables/&gt;   &lt;w:SnapToGridInCell/&gt;   &lt;w:WrapTextWithPunct/&gt;   &lt;w:UseAsianBreakRules/&gt;   &lt;w:DontGrowAutofit/&gt;  &lt;/w:Compatibility&gt;  &lt;w:BrowserLevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt; &lt;/w:WordDocument&gt;&lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; &lt;w:LatentStyles DefLockedState="false" LatentStyleCount="156"&gt; &lt;/w:LatentStyles&gt;&lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt;&lt;style&gt; /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tabla normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}&lt;/style&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Porenésima vez el cepillo se desliza por el pelo interminable, rubio desdesiempre, más sedoso con cada lento descenso de su brazo. Lucía se mira en elespejo y apenas sonríe. La puerta entreabierta a sus espaldas deja ver suceremonia de adulación narcisista frente a un espejo que le conoce de memoriacada una de sus costumbres y sus caprichos. Y Lucía se separa unos pasos, semira ensimismada, gira elegante, ladea su cabeza levemente y vuelve a sonreír.Allí, en ese lugar construye una especie&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;santuario en el que se reconoce como nunca. El espejo revela una vidallena de reproches a sus espaldas. Padres ajenos, hermano distante ymalhumorado, un perro enorme y complaciente que solo se mueve de su sitio paraecharse perezoso un metro al costado de donde reposó apenas un momento antes.En silencio. Todo trascurre en un placentero silencio que sus oídos habíandescubierto desprevenidos quince años atrás, cuando una explosión imprudente lerobó para siempre las melodías delicadas que la adormecían en las noches, elpiar de los pájaros, el zumbido del viento que se colaba por la ventana de sucuarto y el crujir de las hojas secas en su amado jardín otoñal. Y acostumbradaal vacío de sonidos desde aquel desconcierto de niña, al que sus padreslloraron sin sollozos y sus amigas jamás supieron comprender, Lucía se aprontapara su caminata diaria, luciendo su belleza soberbia en medio de ese silencioimplacable que la pone a resguardo de un universo sonoro que le resultasospechoso.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Lefascina salir. Pasear. Exhibirse señorial y elegante. Caminar sin saber bienadonde. Detenerse en las vidrieras, mirarse y dejarse mirar. Saberse hermosa,atractiva y fatal. Protegida por esa especie de campana de cristal que causa susordera, que le permite ignorar las palabras que su paso y su andar provocan, ya las que ella imagina sofocantes sin siquiera saber como suenan en lasgargantas que se atreven a articular elogios ante su paso de belleza inaudita.–Los dejo mudos- se dice, reservando una cuota de cinismo que nunca se atrevióa exponer, pero que íntimamente la fortalece.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Disfruta de eso y sigue caminando vanidosa y distante, aunque a veces sepermite regalar una sonrisa a algún ocasional privilegiado.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 35.4pt;"&gt;Esta tarde,como tantas otras tardes tibias deambulando entre el sol y la sombra quealternativamente la pintan y la decoloran, la entibian y destemplan, Lucíacamina pausada, soberbia e infalible. Sabe que la miran, que a su paso laatención se concentra con exclusividad en su figura impactante. Que la gente sedetiene y los hombres la piropean, mientras sus oídos clausurados le niegan laposibilidad de diferenciar halagos de insolencias.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Pero esta vez la insistencia de un hombre queparece decidido a su caza, la inquieta. El hombre la sigue y gesticula, lededica cientos de palabras que se pierden en oídos equivocados, y queinterfieren las galanterías de su perseguidor.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Lucía a veces disminuye el ritmo de sus pasos, accede a sentir elaliento del hombre, que cuando&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;se acercademasiado la incomoda y eso la lleva a recuperar la velocidad de su marcha. Incómodacomo nunca, arrogante como siempre, Lucía juega en sus tiempos y sus modos,mientras el hombre impasible continúa con su acecho. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Porun momento, la cercanía exagerada del hombre alerta a Lucía, que presa de lasdudas y algo de miedo decide refugiarse&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;en una zapatería. Ya dentro del local, como de costumbre comienza agozar con ver sus piernas coronadas por botas y zapatos que jamás comprará,pero que en el paso efímero por sus pies la llenan de placer. Pero esta vez elrecuerdo de su acosador la intranquiliza y parte de sus sentidos están afuera,detrás de las puertas de vidrio que custodian la sala. Presiente la espera delhombre, a la vigilia del momento en que la puerta se abra para devolver a Lucíaa la calle. El silencio, los gestos fastidiosos de la vendedora que sospechaque no concretará venta alguna, cajas que se abren, se cierran y se desordenan,una madres que obligan a su hija a elegir un modelo resistido, todo sucede estavez en medio de su ansiedad y su turbación. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Lucíasale finalmente, sabe que es probable que afuera esté su acosador, pero saleigual. No tan segura de sí misma, atraviesa el local y se despide con un gestono devuelto y hasta rechazado con disgusto por la vendedora. Asumiendo unaarrogancia impostada, Lucía va al encuentro de su perseguidor. Y afuera, elhombre que la enfrenta y que le habla sin voz. Que gesticula entusiasmado conlabios incomprensibles, y que absorto por la falta de respuestas la toma de lamano. Y entonces ella se estremece. Y en ese gesto del galán, en ese apretón demanos parece encerrase el secreto de su sordera. Como si el misterioso silencioque la acompañaba desde pequeña se tratase de un hechizo al que, como en loscuentos, un príncipe encantado debería ser el encargado de romper una tardecomo esta, sus oídos se abren de repente y oyen sus primeras palabras en años:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Hace una hora que te sigo,cuadras y cuadras detrás de tus pasos, llenándote de elogios, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;llamándote,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;pero vos no haces más que ignorarme. Pareces sorda - reclama el hombreen su súplica &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Pero ella aún está aturdida porla sorpresa y por el tumulto de sonidos que de pronto se entremezclan en sucabeza, como si todos los ruidos perdidos durante quince años llegaran juntos yapelmazados. La voz del hombre resulta entonces una maraña confusa para susoídos revueltos que no llegan a procesar bien las palabras y registranequivocados el mensaje. Por eso&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Lucíaretrocede&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;espantada y espeta a su galán,ahora anonadado:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Gorda? Que te parezco gorda? –Al tiempo que libera su suave mano de uñas esculpidas con un movimientoespasmódico. - Gorda tu abuela, tu tía y la vieja puta que te parió!– gritaofuscada descubriendo que su voz es ahora dueña de un tono portentoso, muylejano de los aniñados agudos en que la recordaba de joven.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Lucía corre. Hace a un lado alhombre y a otros transeúntes, y entre empellones huye dejando a sus espaldaslos murmullos y risas que llegan fugaces, y que son borrados por los bocinazosde una avenida empantanada y una cumbia estridente que proviene del puesto deflores en la vereda. Y todos los sonidos le resultan un insulto del tamaño delagravio de aquel hombre incomprensible. Corre y se detiene. Tapa sus oídos conlas palmas de sus manos y los destapa, y los ruidos siguen allí. Y repite elprocedimiento varias veces, incluso sin detener sus pasos desorientados. Y lasmonedas tintinean dentro de su cartera y sus tacos golpetean graves sobre lasbaldosas. Y sin saber bien como reaccionar, mira la mano apretujada por elgalán, para entender si en ella ha quedado algún rastro del misterio queexplique a esos sonidos recobrados. Y camina aturdida hasta que el reflejo delsol contra el vidrio de una tienda&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;lesirve como espejo. Entonces se detiene y se mira de frente. Pasa sus manos por loslaterales de su torso, contorneando al descender su cintura y su cadera. Ydespués se voltea y observa su perfil, sonriendo por la escueta silueta que elreflejo del vidrio le devuelve. Acomoda la cartera en su hombro y se asoma a lacalle que parece haberse liberado del atascamiento. Detiene con un leve gesto aun taxi. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;-Hasta Alvarez Thomas y Lacroze-anuncia.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Prefiere algún camino enparticular? - oye ya sin sorpresa de boca del chofer, que chasquea un alfajor amedio terminar.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Por Dorrego podría ser, pero nosé como estará a esta hora. Elija usted, que es el que sabe-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Se recuesta sobre el respaldo desu asiento, mientras el conductor intenta entablar una conversación acerca decalles cortadas y funcionarios inútiles, y que sus oídos renovados, decidenrechazar.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;-Que si soy gorda...maleducado-masculla entredientes, mientras el taxi cruza&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;frente a un templo que saluda su paso con puntuales y estridentescampanadas. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-8225689402490747275?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/8225689402490747275/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/10/malentendido.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/8225689402490747275'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/8225689402490747275'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/10/malentendido.html' title='Malentendido'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1973598248465899431</id><published>2011-10-02T16:21:00.000-07:00</published><updated>2011-10-02T16:34:35.104-07:00</updated><title type='text'>3 de Julio de 2010 19hs.</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- No me importa nada de lo quepuedas decirme ahora. Nada de nada, me entendés? O sí, me importa. Me importatres carajos - Andrés por primera vez en la tarde levantó el tono de voz. – Nome sirve ninguna explicación. Hace una hora que estás elucubrando teorías,marcando errores, puteando jugadores y la verdad es que no me sirve- sentencióy después de tomarse de un trago la cerveza que quedaba en su chopp, se mantuvoen un silencio expectante. De esos silencios espesos a los que no se puedeinterrumpir, porque la potestad de romperlos le corresponde exclusivamente alque los creó. Masticaba saliva. Golpeaba los dedos contra la mesa, comoconteniendo las palabras hasta tenerlas todas y poder decirlas al hilo sininterrupción. Y lo que iba a decir necesariamente iba a ser importante. Con ungesto al mozo pedí más cerveza, la cosa podía ir para largo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;El mozo trajo la Heineken y como sabía quesi por Andrés fuera, la cerveza podría vencerse en la botella abierta, servíyo. Estaba como ensimismado. Levantó el chopp y lo miró a través de la luz. –No es vino, loco. No le busques la quinta pata al gato – le dije y él me sonrióapenas. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Vos sabés lo que es un eón?-finalmente Andrés rompió el silencio con la pregunta más inesperada.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Un qué?- le pregunté sorprendido.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Un eón. Si sabés lo que es uneón.- me repitió muy serio.Me había tomado de sorpresa. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- No. Bueno sí. Mas o menos, enrealidad. –respondí titubeante- Algo como interminable, no? Al menos así lo entiendoyo. Es medio abstracto el concepto. Al menos para que te lo defina hoy y ahora.Pero más o menos sí, sé de qué se trata-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Exacto- Asintió. Bebió lacerveza de un trago y apoyó con tal fuerza el chopp en la mesa que medio bar sedio vuelta a ver qué pasaba. Después volvió a quedarse callado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Una porción de tiempoindefinida. Imposible de medir. Nadie tiene noción de lo que dura un eón,entendés?. Es el tiempo infinito. La eternidad toda. – Ahora Andrés se mostrabaentusiasmado en una explicación que yo no necesitaba. -Algo que no terminanunca – continuó – O al menos que no se sabe cuánto dura, si termina, si va a terminaralguna vez. No hay noción de tiempo. Es el tiempo todo. Si alguien te habla deun eón, algo tipo “nos vemos dentro de un eón” …-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Pero nadie te dice “nos vemosdentro de un eón”. Es absurdo. No entiendo- interrumpí&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Es un ejemplo, boludo. Nadievive un eón como para hablar así. Quiero decir, si alguien te habla de un eónes como si te dijera nunca. Lo que va a pasar dentro de un eón no te importa,porque no lo vas a ver nunca. Algo que dura un eón es como si no existiera,porque no tenés noción de tiempo alguna. Entendés?-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Sí, sí. El concepto sí. Lo queno entiendo es de dónde carajo sale esto del eón ahora. Qué se te dio porhacerte el filósofo justo hoy-&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Sabés por qué te digo esto deleón?- me preguntó e hizo un breve silencio para escuchar mi respuesta que eramás que obvia. Igual la esperó, y con un gesto le hice saber que no. Que nosabía. – Porque ahora siento que para el próximo mundial falta un eón – Me dijoy se recostó sobre la respaldo de la silla, como abrumado por lo que acababa dedecir.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Pero son cuatro años…- loconsolé&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Un eón. Cuatro años un carajo.Ahora cuatro años son un eón – &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Apretaba las manos con furia.Estaba nervioso en serio. Aunque a mí me pareciera absurdo, Andrés estabaagobiado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Pero acordate de lo quehablábamos el otro día, que el mundial de Alemania te parecía ayer. Que todavíaestábamos puteando a Pekerman por guardar a Messi, y ya estábamos repitiendolas cábalas de nuevo. Pasa rápido, Andrés. Demasiado. Es más, a mí me asustamás que lo que parece eterno, al final ocurre demasiado pronto. Lo que a mí measusta es eso. Que el tiempo trascurre demasiado rápido. Que la vida pasa….-dije esto y decidí no seguir porque me di cuenta de que no tenía sentido. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- No me cambiés de tema – Andrésretomó la palabra y ahora parecía enojado. – La vida es una cosa. La edad, loshijos….eso es una cosa. Esto no tiene nada que ver. Esto es fútbol. Y no unfútbol cualquiera. Esto es el mundial. Y nos quedamos afuera, no entendés? Nosquedamos afuera y ahora hay que esperar el otro. Y para el otro falta un eón – &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Al menos Brasil es acá nomásno? – con ese dato creí que al fin Andrés iba a encontrar consuelo. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Mierda. Pura mierda. Brasilqueda en Plutón y para el 2014 falta un eón. Es así de simple. En verso te lodigo. Te das cuenta? Por eso te digo que me importa un carajo que Otamendi nosea cuatro, que Di María y la cancha en contra, que el gordo los ponga a&amp;nbsp; todos a correr atrás de la pelota, ni que esependejo de Messi juegue solo en el Barcelona, ni nada de eso. Nada más meimporta que ahora solo me queda pensar en el próximo mundial y que no tengonoción de tiempo. Un eón falta, y la puta madre que me parió - &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Que se yo…qué querés que tediga, ahora estamos todos calientes. Como los jugadores.&amp;nbsp; Viste cuando a los jugadores les aconsejanque no hablen en caliente al final del partido, que dicen boludeces? Bueno,nosotros estamos calientes ahora. Y decimos boludeces – &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Ninguna boludez. No son boludeces– dijo mientras empezó a buscar algo en el bolsillo, que cuando sacó, supe queera la billetera. – Dos veces seguidas nos dejaron afuera los alemanes hijos deputa. Y ahora un eón. Otro eón más– &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Estaba nervioso, pero yo loconocía. Ese Andrés no era nuevo para mí. El resto de la gente lo miraba dereojo, casi todos estaban atentos a lo que decía, algunos se reían. Y creo quehasta uno le dio la razón. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;Andrés se puso la campera y tiróun billete de veinte pesos sobre la mesa. Se fue cabizbajo, refunfuñando. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;- Desagradecidos. Nosotros queles escondimos los criminales de guerra…alemanes del orto- protestó antes dedejar un portazo por última queja. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;En el televisor del bar estabanpasando un resumen del partido. Si entraba la media vuelta de Higuain en elprimer tiempo los alemanes se caían, me dije sin mucha convicción. Pedí máscerveza y me quedé un rato más en silencio buscando explicaciones imposibles. Notanto como un eón, pero casi.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1973598248465899431?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1973598248465899431/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/10/3-de-julio-de-2010-19hs.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1973598248465899431'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1973598248465899431'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/10/3-de-julio-de-2010-19hs.html' title='3 de Julio de 2010 19hs.'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-745820521477032472</id><published>2011-09-15T19:13:00.000-07:00</published><updated>2011-09-15T19:13:39.455-07:00</updated><title type='text'>Alegato</title><content type='html'>&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; &lt;w:WordDocument&gt;  &lt;w:View&gt;Normal&lt;/w:View&gt;  &lt;w:Zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;  &lt;w:HyphenationZone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;  &lt;w:PunctuationKerning/&gt;  &lt;w:ValidateAgainstSchemas/&gt;  &lt;w:SaveIfXMLInvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;  &lt;w:IgnoreMixedContent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;  &lt;w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;  &lt;w:Compatibility&gt;   &lt;w:BreakWrappedTables/&gt;   &lt;w:SnapToGridInCell/&gt;   &lt;w:WrapTextWithPunct/&gt;   &lt;w:UseAsianBreakRules/&gt;   &lt;w:DontGrowAutofit/&gt;  &lt;/w:Compatibility&gt;  &lt;w:BrowserLevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt; &lt;/w:WordDocument&gt;&lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt; &lt;w:LatentStyles DefLockedState="false" LatentStyleCount="156"&gt; &lt;/w:LatentStyles&gt;&lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt;&lt;style&gt; /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable	{mso-style-name:"Tabla normal";	mso-tstyle-rowband-size:0;	mso-tstyle-colband-size:0;	mso-style-noshow:yes;	mso-style-parent:"";	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;	mso-para-margin:0cm;	mso-para-margin-bottom:.0001pt;	mso-pagination:widow-orphan;	font-size:10.0pt;	font-family:"Times New Roman";	mso-ansi-language:#0400;	mso-fareast-language:#0400;	mso-bidi-language:#0400;}&lt;/style&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Nosoy un vampiro. Tal vez parezca absurda la aclaración, pero para comprender mi enunciado,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;ustedes deberán primero saber que no mereflejo en los espejos. Nunca le encontré una explicación aunque tampoco meimportó demasiado. Tal vez haya gente muy vanidosa a la que esta condición leresulte inimaginable pero no es mi caso. Tampoco la situación conllevademasiadas complicaciones en la vida diaria A afeitarse, peinarse o hacer elnudo de una corbata uno se acostumbra; es cuestión de insistencia y repetición.Supongo que como con los ciegos y con los sordos, la falta de una condiciónaumenta la capacidad en otros aspectos sensoriales y prácticos. Honestamentenunca me detuve a meditarlo demasiado. Así son las cosas, me sé desenvolver sinverme reflejado en plano alguno y con eso me basta. Pero lo que verdaderamenteme preocupa es que me confundan con un vampiro. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Cadapersona que conozco significa ceder a una serie de pruebas y aclaraciones queme resultan agotadoras.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;El agua benditaapenas me moja y poco más. Los platos a la &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;provenzal suelen ser mis preferidos, y no meafectan para nada las semillas de mostaza. He mordido cuellos pero no más queel resto de los mortales en ocasiones de intimidad. Mi rutina es bastantemonótona; me acuesto relativamente temprano, leo algunas revistas para ayudar aconciliar el sueño y reposo en un cómodo sommier. Me levanto temprano y lasluces del alba suelen entusiasmarme a la hora de encarar las tareas diarias. Nobebo sangre. Sí un poco de vino, pero como no soy religioso, descreo de laposibilidad de que mi bodega albergue la esencia líquida de algún tipo desalvador de la humanidad.&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;He vistomurciélagos y los he espantado asqueado sin sentir el menor tipo de empatía. Esmás, me compré un ahuyentador ultrasónico para no volver a topármelos. Para sermás explícito: ver a Ozzy Osbourne morder a uno de ellos me produjo un éxtasisjamás alcanzado. Nunca me gustaron las películas de Bela Lugosi y de chicoodiaba el tono grave de la voz Narciso Ibañez Menta. Transilvania no meentusiasma como destino turísticos, y lo que me espanta en los templos no sonlos símbolos cristianos sino los párrocos que presiden las ceremonias. Escierto, es probable que muera si me clavan una estaca en el corazón, pero no menegarán que lo mismo le ocurriría a la mayoría de la gente que se regodea presumidacon su propia imagen en cuanto sitio se ven reflejados. En definitiva: no soyun vampiro. Ni siquiera esos vampiros modernos, con los ojos delineados y enextremo sensibles, a los que uno supone que para espantarlos basta con esparcirun puñado de ajo deshidratado. &lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="mso-tab-count: 1;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;Perola vida moderna hace un culto de la imagen, y por consiguiente no hay lugar alque acuda en el que no me tope con un espejo. Y desde ya, con alguien atento anotar la ausencia de mi imagen en ellos, lo que casi siempre deriva en unescándalo. Por suerte mis colmillos prolongados y mi histrionismo a la hora delas morisquetas me ayuda a espantar a las personas alborotadas. Confieso que heutilizado este método para despejar&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;a loscompetidores en las tiendas durante las épocas de oferta, pero no me gustaabusar. Además mi gran amiga Eli Bathory me ha dicho que esas actitudes noayudan para nada a limpiar mi consideración pública. Por ese motivo me he medidoen mis últimas apariciones y me he comportado como el más normal de los humanoscon capacidad de reflexión. Así que he tomado la decisión de ignorar de aquí enmás cualquier tipo de apreciación que surja cuando alguien perciba mi condición,y si noto que la situación se me va de las manos, me introduzco en el dichosoespejo y adiós a los necios. Porque si bien esto es algo que no aclaré en un principio,lo cierto es que no me reflejo en los espejos, pero lo que sí poseo es lacapacidad de atravesarlos. Característica &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;que tal vez requiera de una explicación tantoo más amplia que la presente, pero de la que voy a desistir. Porque si hay algo quenos distingue &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;a quienes habitamos elmundo interior de los espejos, es el fastidio de tener que andar dandoexplicaciones por todo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-745820521477032472?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/745820521477032472/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/09/alegato.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/745820521477032472'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/745820521477032472'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/09/alegato.html' title='Alegato'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-2486163294361974955</id><published>2011-08-26T14:01:00.000-07:00</published><updated>2011-08-26T14:56:50.600-07:00</updated><title type='text'>Breve declaración de amor para una fantasma tuerta</title><content type='html'> &lt;p style="margin-bottom: 0cm" align="JUSTIFY"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;        	No puedo decir que adoro tus curvas porque no termino nunca de apreciar cuáles son tus verdaderos límites. Me es absolutamente imposible admirar tus poses porque apenas fijo la vista sobre tu figura, solo distingo los sitios donde te apoyas. Me cuesta horrores aceptar los reproches de los transeúntes cuando malinterpretan a mi lengua, cada vez que te beso en las escasas oportunidades que logro alcanzarte en las plazas. Y es muy difícil padecer el ridículo al que me someto cada vez que te cedo galante el paso mientras las personas creen que lo que hago es jugar al torero, pero sin toro ni capote. &lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.25cm; margin-bottom: 0cm" align="JUSTIFY"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Seguir tu rastro es tremendamente dificultoso, porque no dejas huellas en los sitios que recorres. No puedo presumir de tu andar refinado, de tu humilde elegancia, ni de ninguno de tus rasgos, porque los ignoro por completo. Jamás pude distinguir si es que me gusta cuando callas, porque no haces otra cosa que estar como ausente. Ni siquiera consigo disfrutar del sexo, porque el ímpetu me ha sorprendido traspasándote sin remedio, sin encontrar jamás el refugio deseado de tu cuerpo.  &lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.25cm; margin-bottom: 0cm" align="JUSTIFY"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sin embargo sabes muy bien que me resulta irresistible ese leve zumbido ululante que atraviesa mis oídos las veces que te presentas. La calidez con que rozas mis mejillas al pasar a mi lado.  Y que nunca olvidaré esas noches bien acompañadas de licor a la luz de las velas, aquel verano en el que supiste escuchar comprensiva y silenciosa cada una de mis confesiones.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.25cm; margin-bottom: 0cm" align="JUSTIFY"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Por eso es que nunca perdí las esperanzas. Porque sé que algún día comprenderás que aquella herida no fue intencional y podrás perdonarme. Siempre supiste lo mucho que me gusta “Rayuela” y sabrás entonces que yo solo intentaba dibujar tu boca  con mi dedo. Y que fue  el alcohol y la falta de una nariz o mentón de referencia, lo que me llevó a introducir accidentalmente mi uña en tu ojo y luego hurgar hasta vaciarlo, convirtiendo aquel intento cortaziano, en un torpe acto digno de ceguera borgeana. Es cierto que una vez consumado el daño, invitarte a jugar al cíclope no fue la mejor de las decisiones, pero yo solo buscaba acercarme para poder morder tus labios, compenetrado en el irresistible ritmo de aquel capítulo séptimo de la novela.  &lt;/span&gt; &lt;/p&gt; &lt;p style="text-indent: 1.25cm; margin-bottom: 0cm" align="JUSTIFY"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sé que en tu caso hablar de tiempo se torna difuso, pero debes saber que estoy dispuesto a esperar el que sea necesario. Y me ilusiono soñando con que sabrás valorar estas disculpas ofrecidas desde  mi cama ortopédica en la cual me recupero de los magullones y quebraduras que sufrí por insistir en perseguirte cuando huías exaltada, cruzando las calles sin cuidado y atravesando resuelta las  paredes de las casas.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-2486163294361974955?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/2486163294361974955/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/08/breve-declaracion-de-amor-para-una.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2486163294361974955'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2486163294361974955'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/08/breve-declaracion-de-amor-para-una.html' title='Breve declaración de amor para una fantasma tuerta'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-7386031831435500757</id><published>2011-08-02T21:10:00.000-07:00</published><updated>2011-08-02T21:12:47.679-07:00</updated><title type='text'>Siete años</title><content type='html'>&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable  {mso-style-name:"Tabla normal";  mso-tstyle-rowband-size:0;  mso-tstyle-colband-size:0;  mso-style-noshow:yes;  mso-style-parent:"";  mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;  mso-para-margin:0cm;  mso-para-margin-bottom:.0001pt;  mso-pagination:widow-orphan;  font-size:10.0pt;  font-family:"Times New Roman";  mso-ansi-language:#0400;  mso-fareast-language:#0400;  mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;div class="Section1"&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="mso-tab-count:1"&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p style="text-align: right;" class="MsoNormal"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style:normal"&gt;&lt;span style="font-size:8.0pt;mso-bidi-font-size:12.0pt;font-family:Verdana"&gt;Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos. (Alejo Carpentier – Viaje a la semilla)&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;  &lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES;mso-fareast-language:ES;mso-bidi-language: AR-SA"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/span&gt;  &lt;div style="text-align: justify;" class="Section2"&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt; &lt;/p&gt;  &lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;span style="font-size: 12pt; font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:12.0pt;font-family:&amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-fareast-font-family: &amp;quot;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES;mso-fareast-language:ES;mso-bidi-language: AR-SA"&gt; &lt;/span&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;El relato que comenzaba con la muerte de Don Marcial y finalizaba con el mismo protagonista hundiéndose en el vientre materno lo abstrajo de la realidad y consumió la tarde en un soplo efímero. Terminó de leer el cuento y al mismo tiempo de resignarse para una escena que sabe inevitable: ella ofrecerá café y &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;llegará con los pocillos en sus manos titubeantes. Le explicará del hastío para justificar la necesidad del viaje. Hurgará en su bolso y extraerá la prolija caja en donde desde hace años guarda cada una de sus cartas.&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;Se la devolverá justo cuando la primera de muchas lágrimas empiece a surcar su mejilla. Le pedirá un perdón innecesario y al despedirse rozará su mano como al descuido. Luego correrá veloz hacia la escalera que la guía hacia su cuarto para no exponer el llanto que irremediablemente ganará su rostro. Él dejará sobre el aparador las llaves que alguna vez ella le confiara y traspasará por última vez la puerta detrás de la que tantas veces esperó con ansiedad. Al regreso guardará la caja con las cartas y la dejará olvidada por un buen tiempo. Al cabo de unos años la hará arder con saña una tarde de repaso inútil por sus fracasos amorosos, &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;y contemplará satisfecho como el humo disperso consuma el oxígeno de sus frustraciones.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;Mientras se vestía para partir al encuentro con Elena, recordó la noche anterior y &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;una mirada sugerente que dejó pasar abstraído en su universo de cotidianeidad resignada. De la morocha solitaria que se le arrimó a la salida del cine y que le sonrío atrayente, al tiempo que él la ignoraba ocultando su mirada en el conteo de las desvalorizadas monedas del vuelto de sus caramelos. De cómo volvió a su casa arrepentido y avergonzado, deseando retroceder el tiempo para responder a la simpática mujer del cine. Y aquel cuento de Carpentier cuya lectura había precedido a los apáticos preparativos para su encuentro con Elena, &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;lo llevó a idear un improbable ardid retrospectivo. El viaje a la semilla lo incentivó a suponer la posibilidad de desandar sus pasos y corregir el rumbo de la noche previa. A imaginar el posterior regreso desde la casa de Elena, con la caja con sus confesiones devueltas en sus manos, al ritmo de un espíritu ávido por discar el número que la morocha del cine seguramente le habría confiado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;Entrecerró los ojos y comenzó a figurar el ejercicio imposible. En la nebulosa absurda que su mente recreó, se quitó la camisa&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;y volvió a la remera de entrecasa. Terminó de leer la última frase del cuento del cubano y lo recorrió nuevamente encontrándole un ordenamiento temporal naturalmente lógico. Dejó el libro en el cajón y recreó su almuerzo apetitoso hasta quedar hambriento. Ojeó desganado el diario que encontró detrás de su puerta en la mañana, hasta saberse por completo desinformado. En su imaginación no había lugar ni tiempo para barroquismos, y por lo tanto del solitario mate del desayuno al despertar sosegado, trascurrió apenas un instante. Desfalleció sobre la almohada tibia que lo recibió cómodamente ahuecada. Revivió algunas pesadillas, recuperó los ratos de placentero reposo, y luego de conciliar el sueño, se encontró con una taza de té caliente que bebió a medias antes de levantarse exhausto. Manejó hasta el kiosco lindante con el cine, devolvió las monedas y los caramelos al kiosquero, y supo entonces que su ejercicio había llegado al punto en el que correspondía cambiar el destino de la noche. Respondió con un gesto amable a la sonrisa de una morocha que pasó a su lado y que se perdió veloz entre la muchedumbre que se agolpaba a la salida del cine. Se olvidó de los caramelos y partió detrás del largo pelo negro que aun en el amontonamiento pareció guiarlo. Alcanzó a la muchacha y caminó a la par unos metros. La abordó galante, y antes de sentarse en la primera confitería que encontraron, supo que se llamaba Claudia. Hablaron menos de la película que habían visto que del placer de ir solos al cine. Brindaron con sus chopps desbordantes de cerveza sin otro motivo que honrar la cuantiosa picada que compartieron. Después de una larga charla que los sorprendió en varias coincidencias y construyendo las primeras complicidades, él guardó en el bolsillo de su pantalón la servilleta de papel en la que ella anotó cuidadosa su número de teléfono. Cuando volvió a abrir los ojos solo atinó a hurgar en aquel bolsillo para confirmar gozoso que su ensayo inverosímil, asombrosamente había funcionado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;Partió entonces al encuentro con Elena. A esa escena que había previsto y que sucedería como había imaginado. En su bolsillo guarda la servilleta de papel con los números que signarán sus próximos pasos y que ahora encienden su confianza. Llamó a la puerta que se abrió de inmediato. Besó los labios fríos que lo recibieron y aceptó indiferente la mano que ella tendió. Se dejó guiar hacia el sillón y agradeció parco el café ofrecido. Ella lo dejó solo y el silencio que precedió su regreso le resultó insoportable. Elena finalmente volvió tensa, tal cual él lo había supuesto. Apoyó la bandeja con los dos cafés y se sentó a su lado. Lo miró indulgente. Le regaló una mueca que intentó vanamente parecer una sonrisa y entonces contó lo que él ya sabía. Que había aceptado la beca y que el viaje se concretaría en diez días. Que se sentía apenada, que lo había meditado mucho, que se sabía estancada y aquella propuesta sobre la que tanto habían discutido era la excusa para ponerle fin a algo que de todas maneras acabaría pronto y sin remedio. Él solo atinó a asentir. Ella hurgó entonces en un bolso, y en una caja prolijamente forrada le devolvió cada una de las cartas que él le había escrito durante los siete años que compartieron. No tendría coraje para releerlas, pero tampoco para destruirlas, confesó justificando el desprendimiento. Y aunque sus ojos no se enrojecieron y ninguna lágrima surcó su mejilla, ella se levantó rozándole apenas la mano y se alejó hacia la escalera sin volver la mirada. Él se levantó abatido y antes de cruzar por última vez la puerta, devolvió el llavero dejándolo apoyado sobre el aparador.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;Volvió a su casa con la suficiencia de haber vivido lo que su mente había guionado casi a la perfección, y ansioso por marcar el número telefónico que guardaba en su bolsillo. Pero ni bien se deshizo del saco y se acomodó en su cama, no pudo evitar la tentación de abrir la caja que había recibido en la despedida. Descubrió así que la última carta tenía ya ocho meses de escrita y sin leerla la hizo a un lado. Fue entonces hacia la carta previa, luego a la anterior, y otra más atrás. Sin desdoblar los papeles las fue retirando de a una. Mientras retrocedía en la sucesión de cartas prolijamente ordenadas, notó como las fechas ganaban en frecuencia; como las palabras iban siendo adornadas con dibujos inocentes, mientras sus manos se cubrían de un sudor inaudito. Con solo observar las cartas, empezó a recordar y recrear en su memoria cada detalle de los momentos en que las había escrito. Se vio solo en esa misma cama, con un cuaderno sobre sus muslos, encadenando palabras que surgían a montones. Tal vez no lo haya notado, pero en ese lento vaciar de la caja recuperó gradualmente algo de una ingenuidad perdida. Con cada hoja apilada a su lado ganó en inexperiencia. Y cada vez que se animó a leerse, su espíritu rebosó de un ímpetu que hacía tiempo lo había abandonado. La piel de su rostro se volvió tersa y lampiña, y de haber tenido un espejo enfrente más de una vez se habría sorprendido ruborizado.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;Cuando llegó al fondo de la caja, se encontró con la primera carta que había dedicado a Elena. Esa sí necesitó imperiosamente leerla &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;y la desdobló con cuidado. Lo primero que reclamó su atención fue la inusitada prolijidad de su caligrafía, pero no pudo avanzar mucho más, porque ni bien&lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt;  &lt;/span&gt;leyó el nombre de Elena, sus ojos se enturbiaron de las lágrimas que él había imaginado antes y recorriendo otras mejillas. Apoyó la carta sobre la cama, hurgó en su bolsillo por un pañuelo y &lt;span style="mso-spacerun:yes"&gt; &lt;/span&gt;halló una servilleta de papel que tenía escrito un número desconocido. Secó sus ojos con ella, lo que sumado al sudor de las manos, desdibujó gradualmente la anotación. La angustia que lo embargó lo introdujo lentamente en un estado de somnolencia que de poco le resultó placentero y al que se entregó sumiso.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  &lt;/div&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 35.4pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:11.0pt"&gt;Despertó luego de un cúmulo de horas letárgicas y aunque al principio se sintió desorientado, en seguida supo cuales eran los pasos a seguir. Buscó en el cajón de la mesa de luz una lapicera. Tomó la hoja en blanco que había dejado a su lado antes de dormirse y escribió prolijo: Elena. Después empezó a garabatear en su mente con palabras que no le alcanzaron y de las que desistió dubitativo. Suspiró profundo y se tomó el tiempo que sabe que le sobra. Tiene dieciséis años y solo piensa en unos ojos encantadores a los que no sabe como contarle lo que le pasa cada vez que se cruza con ellos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-7386031831435500757?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/7386031831435500757/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/08/siete-anos.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/7386031831435500757'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/7386031831435500757'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/08/siete-anos.html' title='Siete años'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1652036776718617619</id><published>2011-07-18T17:11:00.000-07:00</published><updated>2011-07-18T17:24:41.650-07:00</updated><title type='text'>Disociación</title><content type='html'>Un invierno cruel y una prolongada ducha cálida que repiquetea reviviendo los músculos entumecidos. Un baño sin ventilación y el frío lejos, allá afuera. La puerta hermética y un espejo empañado. Una mano se abre paso entre la nube encerrada, y en un movimiento vivaz descubre una porción del espejo velado. El espejo honesto e impasible entrega la aterradora visión del cuchillo que acecha. El vapor vuelve a cegar. La mano repite el movimiento y la distancia con el cuchillo se acorta. Y una vez más, pero peor. Y una cuarta repetición devuelve la imagen acuciante e irreversible. Como diapositivas de un cuadro de animación  añejo, el cuchillo avanza traicionero. La desesperación conlleva un aumento contraproducente en la frecuencia de los movimientos que limpian el espejo, y el brillo del filo resplandece vanidoso. Ya no solo es el vapor el que cubre al espejo, sino también un aliento perturbado que se acrecienta. Otra vez la mano que abre un surco hacia la imagen siniestra. El vapor es denso, pero no lo suficiente como para detener el impulso que se concreta en un puntazo frío por la espalda. La mano que abre un último trazo descendente e impreciso por el vidrio impregnado otra vez de vapor, y el espejo que velozmente recupera su opacidad húmeda. Yo siento el peso que al caer golpea sobre mis pies y retrocedo. Antes de salir podría desempañar el espejo, pero temo y desisto. Me han advertido que en ciertas ocasiones no soy el mismo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1652036776718617619?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1652036776718617619/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/07/disociacion.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1652036776718617619'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1652036776718617619'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/07/disociacion.html' title='Disociación'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-8989052317339555805</id><published>2011-05-25T14:44:00.000-07:00</published><updated>2011-05-25T16:00:27.752-07:00</updated><title type='text'>La muchacha que vi tres veces</title><content type='html'>Estaba sentado a la vera del río cuando sentí sus brazos deslizarse por mi cuello. Tibios, largos, interminables. Me iban rodeando de a poco, envolviéndome como una serpiente piadosa que se demoraba en su último estrujón.  Al fin de cuentas una serpiente era mucho más probable que cualquier  otro ser entre la vegetación tupida que ocultaba el paso del agua, pero sin embargo yo nunca sentí miedo. Y sí la sentí a ella respirar débilmente en mi cuello cautivo entre sus brazos. Sentí su calidez, y me dejé abrazar lentamente, sin voltearme, conteniendo la respiración y la ansiedad por descubrir su rostro. Me levanté; nos levantamos. Creo que pasamos horas contemplando el río, oyendo el débil sonido del paso del agua. En una tarde que duró muchas tardes, caminamos en silencio, nos besamos sin tocarnos, nos miramos hasta perforarnos los ojos. Creo que hasta volamos, al menos yo tuve la sensación de flotar por sobre el leve oleaje que mojaba la orilla. Ella fue hada y fue sirena. Yo sentí que así debía ser siempre, que mi vida era esa tarde de otoño, que en esa aparición estaba el sentido de todo. Ella me rodeó también con sus ojos, bailó para mí, me cantó al oído las sesenta y nueve canciones de amor de Stephin Merritt.  Nos leímos poemas de libros etéreos que se corporizaban en sus manos y se esfumaban cuando su voz recitaba cada último verso. Y leímos mil veces “Rayuela”, en todos lo órdenes posibles y entramos al libro y fuimos la novela. Crucé el río haciendo equilibrio en el vacío, siguiendo el camino de un invisible hilo de acero, y ella me rescató de mis pasos en falso, saltando desde un imposible trapecio, bajo la forma de la Marion de Wenders. Y ese río escondido, fue entonces el Sena y también el Spree, al menos por esa tarde. Cada hoja que las ramas nos ofrendaban caía inundando el aire de canciones, y el espacio albergaba infinidad de melodías. Se despidió como vino. Deshaciéndose detrás de mí, desatando mi cuello de sus brazos interminables, dejando una estela tibia en cada tramo de piel liberado en su adiós. Esa tarde fue la primera vez que la vi. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;        La segunda ocurrió en circunstancias más cruentas. Porque en esa mañana tormentosa la única duda de mi destino estaba entre las olas rompiendo furiosas contra los murallones de la costanera y las ruedas de los camiones que atravesaban la avenida. Apareció como si me viniera siguiendo desde siempre, como una sombra que en su soberbia osaba ponerse a la par mía. No me atreví a  voltearme, pero la repentina seguridad que me invadió no hizo otra cosa que entregar mi mano a la suya, y dejarme guiar como un infante aferrado a una soga deshilachada. No hubo música ni palabras en el segundo encuentro, sino un saludable y placentero silencio que borró la tormenta encerrada en mis entrañas, y que se correspondía en los rayos atronadores que caían en donde el río se mezclaba con la bruma espesa. Vació el aire de mis pulmones y les devolvió el brío con un hálito de brisa marina. Caminamos por el asfalto resbaladizo, haciendo equilibrio entre los vehículos apresurados que nos atravesaban como fantasmas. Nos suicidamos una veintena de veces y resucitamos juntos, más veces de las que morimos. Me quitó la piel, recorrió los ondulados caminos de mis músculos con la yema suave de sus dedos; sanó heridas que yo creía ya sanadas, y me la devolvió suave y rejuvenecida. Me rescató de mil abismos a los que me invitó a saltar, y en los que me acompañó en cada caída. Nos ahogamos en todos los ríos y los mares. Juntos nadamos la muerte y respiramos la vida. Cubrió mi rostro con barro y me moldeó de cientos de formas diferentes, hasta que sus trabajosos dedos consiguieron cincelar una sonrisa. Recortó de mi memoria  unos cuantos sinsabores crueles, y abrió desde mis ojos un camino de luz que se fundía en el horizonte con un arco iris de colores desconocidos. Supe que se había ido cuando mi mano se sintió suelta y confiada,  y los briosos rayos de un improbable sol en despedida dibujaban una sinuosa línea rojiza sobre las aguas de un río que de a poco, recuperaba su calma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;        La última vez que la vi fue hace apenas unos minutos. Mientras yo empezaba a garabatear este relato, se sentó a mi lado y me habló del universo y sus misterios. De hechizos, de cierto milagros e imponderables. De trazados férreos, y sus secretas y privilegiadas excepciones. Creo que también dijo algo sobre la magia. Tomó el cuaderno en el que yo escribía y lo aferró contra su pecho. Hizo a un lado mi lapicera, y con una sonrisa sublime, me aconsejó entonces olvidarme del relato. Me sugirió dejar de lado la idea de dar testimonio de esas tardes a la vera de aquellos ríos opuestos. Si no me equivoco, en sus exhortaciones suplicantes, recurrió a la palabra inconveniencia. Pero mi oficio de escritor mediocre torna imposible el descarte de una historia que mi pobre inventiva jamás conseguiría imaginar. Así que ustedes lectores sabrán comprenderme, pero tuve que matarla.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-8989052317339555805?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/8989052317339555805/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/05/la-muchacha-que-vi-tres-veces.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/8989052317339555805'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/8989052317339555805'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/05/la-muchacha-que-vi-tres-veces.html' title='La muchacha que vi tres veces'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-3276771973745592204</id><published>2011-03-31T08:57:00.000-07:00</published><updated>2011-03-31T09:04:58.522-07:00</updated><title type='text'>Guardián</title><content type='html'>Se llevó de su compañera la tibieza de la yema de unos dedos a los que rozó lánguido y recién soltó cuando fue arrastrado por la inercia que provenía desde sus pies descalzos. De su suelo se llevó el frío de las baldosas que rasgaron sus mejillas curtidas. Los aromas y los sabores de su jardín persistieron en su boca en un puñado de tierra amarga que tragó sin remedio. La robustez de un portazo y el rechinar de unos neumáticos en el empedrado fueron las primeras formas en las que el silencio inició su reinado. Y mientras las horas y los días empezaban un conteo interminable, su perro tan fiel como precavido, se acercó a la cuna inadvertida, le gruñó a los fantasmas y se recostó alerta junto a la cabecera. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Este texto es mi forma de participación en la propuesta "Minicuentos por la identidad" del sitio Cuentos y más. &lt;a href="http://www.cuentosymas.com.ar/cuento.php?idstory=3173#"&gt;Aquí puede visualizarse publicado en el sitio&lt;/a&gt; junto al resto de la colaboraciones)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-3276771973745592204?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/3276771973745592204/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/03/guardian.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3276771973745592204'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3276771973745592204'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/03/guardian.html' title='Guardián'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-7324788363313245742</id><published>2011-02-11T15:13:00.000-08:00</published><updated>2011-02-11T15:20:50.480-08:00</updated><title type='text'>The cat is under the table</title><content type='html'>La casa tenía cientos de pasillos y puertas. Una auténtica mansión, absolutamente desproporcionada para las pocas almas que solía cobijar.  Y en la sala principal de esa casa de incontables pasillos y centenares de puertas, Mariela observaba frustrada como su alumno se negaba a repetir la frase que ella suavemente le deletreaba: the cat is under the table. Los padres del niño recorrían la casa, se los escuchaba conversar en alguno de los laberintos que las paredes formaban, pero Mariela sabía que cada tanto se asomaban y observaban cómo su oficio de profesora de idioma fracasaba una y otra vez, frente a un infante que no decía en inglés lo que ni siquiera interpretaba en español. Porque aquel niño era víctima de unos padres pretenciosos que se habían propuesto que aprenda la lengua extranjera antes que pudiera balbucear las primeras palabras en el universal idioma de los niños. Y mientras Mariela se frustraba y los padres se desencantaban, el niño ponía atención en el respaldo de uno de los sillones, pensando que podía servirle de apoyo para estirar sus piernas y dejar de arrastrarse de una vez por todas.&lt;br /&gt; Mariela siempre supo que la tarea encargada era imposible. Pero la paga era buena, y si bien se exponía a algunos reproches por parte de los padres que exigían una eficacia absurda, el niño era simpático y hasta creía ver rastros de complicidad en algunos gestos hacia ella. Entonces día tras día concurría a la mansión y con una paciencia admirable se enfrentaba a su alumno, que solo respondía a sus indicaciones con frenéticas palmadas en el suelo. Y así fueron trascurriendo las semanas sin ningún otro avance que la impaciencia en los padres del niño y un creciente sentimiento culposo en la conciencia de Mariela.&lt;br /&gt; Aquella tarde los padres se mostraron terminantes y Mariela supuso que los días rentados estaban llegando a su fin. Por ese motivo se comportó más dulce que de costumbre, algo que el niño pareció percibir desde un comienzo, porque la atención que puso en las palabras de su profesora resultó inusitada. Y fue hacia el final de otra tarde de desencanto, que el niño elevó su mano derecha y observando hacia un lugar difuso, pronunció las primeras palabras de su vida: the cat is over the table. Mariela se estremeció y los padres se emocionaron de tal manera, que ninguno notó el error que significaba la posición del gato en relación a la mesa, con respecto a la frase original. Error que por otra parte no fue el único. Porque además lo que el niño debió pronunciar en su bautismo parlante no fue cat sino tiger. Y mientras los tres mayores asombrados abrazaban al niño, el tigre a sus espaldas celebraba que semejante comunión le ahorrara tener que andar persiguiéndolos uno por uno, recorriendo los interminables pasillos y derribando las cientos de puertas de la casa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-7324788363313245742?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/7324788363313245742/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/02/cat-is-under-table.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/7324788363313245742'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/7324788363313245742'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/02/cat-is-under-table.html' title='The cat is under the table'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-4742693205674645104</id><published>2011-01-29T06:41:00.000-08:00</published><updated>2011-01-29T06:44:08.582-08:00</updated><title type='text'>Pasatiempo</title><content type='html'>Primero fue el color azul. Lo cubrió de ácido hasta deformarlo por completo y quitarle todo su atractivo. Siguió con el naranja y después con el verde. Continuó endemoniado lanzando chorros de ácido a cada uno de los colores. Y siguió con el silencio, al que decidió acribillar a balazos. Asfixió los sonidos e hizo arder las palabras. Avivó una fogata interminable y poseído arrojó las sonrisas y muecas tristes, las miradas tiernas y las odiosas, los recuerdos aciagos y también los felices. Las ilusiones, la fantasía y alguna que otra pesadilla. Descuartizó los días y perforó las noches.  Extasiado. Inmerso en un  trance secreto y milenario en el que solo importaba matar. Matar el amor. Matar el deseo. Matar el hambre y la sed. Matar las ideas. Matar el sueño. Matar la luz y las sombras. Matar la muerte. Matar. Matar porque sí, nada más. Para matar el tiempo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-4742693205674645104?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/4742693205674645104/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/01/pasatiempo.html#comment-form' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/4742693205674645104'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/4742693205674645104'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2011/01/pasatiempo.html' title='Pasatiempo'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-3122997298365903595</id><published>2010-10-25T10:45:00.000-07:00</published><updated>2010-10-25T10:48:30.032-07:00</updated><title type='text'>Una de mis muertes</title><content type='html'>Sabía que estabas allí, que habías llegado. Lo sabía porque la punta de los dedos de las manos se me adormecieron, porque todo el aire empezó a resultarme poco y ni siquiera la corbata desajustada alcanzaba para recuperarlo. Porque me lo indicaba mi olfato, y  porque con vos mi intuición no había fallado nunca. Porque podía presentirte, oír hasta el más ínfimo suspiro; sentir tu incomodidad y tu suficiencia. Lo sabía porque mi pañuelo debió empezar a absorber gotas de sudor en mi frente, y la nuca a sufrir los primeros estiletazos fríos. Pero esencialmente lo supe cuando mi boca se reveló reseca, un mozo paso a mi lado y acepté esa primera copa que no debía. Porque fue entonces cuando empecé a vagar perdido entre clones simulándose a ellos mismos, entre carcajadas adulteradas y sentencias repetidas; a transitar por esa escena que ya había vivido mil veces, pero que esa noche como tantas otras iba a intentar corregir de una vez por todas y para siempre.&lt;br /&gt;Deambulé un buen rato hasta que en ese recorrido una sonrisa dorada me reclamó. Y yo que solía resistir a ciertas sonrisas doradas, esta vez decidí responder. Y en medio de más copas e hipocresías, imaginé una experiencia antropológica, y le pregunté por Polanski; y ella dijo que sí, que le gustaba. Y no sé si fue mi pronunciación o el murmullo lo que la confundió, pero me dejó la copa y se puso a cantar “Wy way”. Y yo, ya sea por el alcohol, el instinto, la continuidad del experimento, o por mis repentinos deseos de ser Sid Vicious, le espeté un: rubia!  Le grité que tenía que ser rubia. Que no podría haber sido otra cosa sino rubia. Y ella que al principio no entendía y seguía como si esperara que la voz aguda y la melodía desorientada pudieran causar algún tipo de encantamiento sobre mí, finalmente reaccionó, me miró aborreciéndome, y sin dejar de cantar intentó un par de cachetazos que pude frenar con una agilidad que a esa hora no tuvo mucha lógica. Hasta que la sujeté por las muñecas, y consciente que todavía estaba a tiempo de besarla, le dije que era rubia hasta la última de sus neuronas; y ella que pudo patearme las pelotas, se zafó con fastidio y se dio media vuelta sin importarle nada, con la convicción que podía repetir y con éxito cien veces su número esa noche. &lt;br /&gt;Ni siquiera en la distracción dorada habías desaparecido de mis sentidos, y yo seguía en ese mundo extraño que no debía ser así. Mientras algunas palmadas me rebotaban en la espalda, manos se entrecruzaban como saludo; todo al paso, en un trayecto sin otro destino que encontrarte. Mientras el diablo seguía cruzando bandejas repletas en mi camino, y que yo aceptaba gustoso porque sabía que tarde o temprano iba a firmar el pacto y no tenía sentido rehuir a esa altura. Mientras tanto el murmullo crecía, aunque yo veía menos gente, veía menos todo, y la música de fondo solo eran golpes monótonos a los que todos parecían responder con el mentón y con las manos rítmicas sobre los muslos; y yo que creía que solo sonaban en mi cabeza, y que eran martillazos o punzones infinitos. Y seguía buscándote, ahora atropellando a algunos, pidiendo permiso a otros, en un recorrido que cualquiera hubiera juzgado desorientado menos yo, que sabía adonde iba, y que tenía que encontrarte y que iba a hacerlo tarde o temprano, pero tenía que ser pronto.&lt;br /&gt;Hasta que finalmente te vi, con esos pantalones negros ajustados y el corsé bordó; el mismo que usaban todas, que algunos llamaban uniforme, pero que yo sabía que era tuyo, porque solo a vos te quedaba perfecto y todas las demás estaban disfrazadas de vos esa noche. Y aunque me esquivaste la mirada, sabías que me iba a plantar al frente tuyo; y entonces te quedaste y esperaste mis palabras. Mi estúpido “hola, al final vine. Viste?” que sonó así solo en mi cabeza, y que vos oíste como el balbuceo torpe que mi lucidez ya limitada permitió. Que sabías que iba a ocurrir desde temprano, porque también vos me habías olido y presentido, a vos también te había faltado el aire cuando la noche aun no era tan noche,  pero que solo vos sabías que cuando más tarde sucediera peor se iba a oír, y que más ganas ibas a tener de que no ocurriera nunca. Y me miraste con odio, el mismo que conocía y no me importaba, y no sé si dijiste algo, probablemente lo hayas dicho pero para adentro, y mientras mis rodillas se quebraban y yo intentaba resistir inútilmente, tomaste una mano desprevenida, y arrastraste a aquel hombre, que me miró feliz que yo hubiera aparecido, que me juzgó una señal divina, y que se dejó llevar mientras yo, que ya no podía correr, te seguí con la mirada hasta que se me terminaron los  ojos. &lt;br /&gt;Y en ese momento supe que iba a morir de nuevo esa noche. Y busqué una silla en un rincón, porque desde el primer día supe que morir de pie no era lo mío. Y me quedé así, en esa imagen repetida, solo deseando que vos también estuvieras muriendo aplastada por la morsa de los ojos agradecidos, mientras yo le respondía al mozo que no, que no me pasaba nada, que me traiga otra copa. Y él, que había nacido mozo, que su vida se reducía a servir copas y más copas a quien se lo pida y aun a los que no, volvió obediente con más champagne, y así siguió todo el resto de la noche. Yo, que sabía que mi suerte de Lázaro se iba a terminar algún día, continué desafiándola mientras seguían el murmullo, los martillazos monótonos y los pasos anodinos en busca de la nada misma. Y es probable que esa noche que ya no era tan noche, lo que me haya resucitado haya sido una suave caricia regalada por la rubia amante de Paul Anka, aunque sinceramente, a esta hora yo no pueda dar fe de ello.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-3122997298365903595?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/3122997298365903595/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/10/una-de-mis-muertes.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3122997298365903595'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3122997298365903595'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/10/una-de-mis-muertes.html' title='Una de mis muertes'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-6628675280756223917</id><published>2010-09-08T18:25:00.001-07:00</published><updated>2010-09-08T18:25:51.149-07:00</updated><title type='text'>Los lentes de Don Francisco</title><content type='html'>La primera vez que vi a Don Francisco coincidió con mi presentación en la casa de Silvina.  Esa noche, después de un par de semanas de evasivas accedí al insistente pedido de Silvina de conocer a sus padres, y acepté compartir una cena en su casa. Luego de las formalidades de rutina y algún chiste para romper el hielo, entablé una agradable conversación con la familia, en la cual me enteré de la existencia del abuelo. Al principio supuse que vivía en otro sitio, incluso en un asilo, porque no había rastro alguno de él en la casa. Pero me había propuesto no cometer errores, por lo cual me abstuve de formular cualquier tipo de pregunta. Al cabo de unos minutos, la madre de Silvina anunció que la cena estaba lista y me invitaron a adelantarme al comedor. Recorrí un pequeño pasillo y a través de una arcada en la pared pude ver como el nombrado abuelo ya sentado a una de las cabeceras de la mesa, hurtaba una rodaja de pan al tiempo que me sonreía cómplice. Esa actitud más la voracidad con que masticaba el pan, me enterneció. Lo saludé con un leve cabeceo, e intentado hacer de él un aliado en esa familia, cometí un enorme error: en voz alta le ofrecí servirse más pan. Yo no había finalizado la frase cuando pude ver la desesperación marcada en el rostro del anciano. Y no había terminado de comprender el efecto de mis palabras cuando sentí los pasos de Silvina y sus padres que se acercaban raudamente. “Siempre lo mismo con usted!” gritó el padre de Silvina, mientras la madre retiraba la panera de la mesa y Silvina bufaba enfurecida. Comenzaron a reprenderlo con una virulencia impensada, mientras Don Francisco ocultaba su cabeza entre sus hombros, al tiempo que me dedicaba una mirada odiosa que no me abandonaría jamás. Recuerdo haber intentado quebrar ese clima proponiendo un brindis, que fue aceptado de mala gana. Pero a lo largo de la cena no pude dejar de sentir el acecho de la mirada abominable que Don Francisco me dispensaba. &lt;br /&gt;Las visitas a la familia de Silvina comenzaron a volverse frecuentes. Entre mi departamento en absoluto desorden, mi acostumbrada dejadez, y aquellas cenas abundantes, no tenía mucha opción. Así que casi a diario concurría a la casa de Silvina, y fui construyendo una excelente relación con sus padres. Pero nunca pude reponer mi imagen en la consideración de Don Francisco. Lo que para mí había sido apenas una torpeza por desconocimiento, para él había significado un juicio lapidario. Ese hombre me aborrecía y debajo de sus lentes podía ver la mirada rencorosa que el anciano me tenía reservada. Los pocos diálogos que intentaba entablar con él eran respondidos con monosílabos de ocasión. Nunca pude siquiera intentar disculparme con ese hombre, cuyo trato con la familia era insólitamente bueno,  a pesar de aquella andanada de severas reprimendas que recibió en mi primera noche en la casa. Y cuando quedábamos solos, frente a frente, Don Francisco me sostenía la mirada y gesticulaba odio, intimidándome e incomodándome de manera que cada cena junto a esa familia me resultaba un auténtico suplicio. Por ese motivo, la tarde que Silvina me llamó, y llorando me comunicó la muerte de Don Francisco no pude sino sentir un alivio inmenso. Por otra parte la fecha no podía haber resultado más precisa: Silvina sabía de mi impostergable viaje a Rosario y de esa manera evité tener que asistir al entierro.  Me comuniqué varias veces con Silvina durante esos días afuera, como manera de ponerme a resguardo de posibles reproches y prometí visitarla ni bien regresara a la ciudad. &lt;br /&gt;Cumplí con la promesa en mi primera noche de regreso en Buenos Aires e intenté simular el desahogo que me provocaba la ausencia del abuelo. Distendido y libre de incomodidades, cumplí con los obligatorios abrazos y demostraciones de dolor ante los padres de Silvina. Luego recordé mi primera noche en esa casa y la escena de la rodaja de pan como una anécdota graciosa, lo cual fue bien recibido por todos. Y cuando empezaba a encontrarme a gusto y la desaparición del abuelo debería haber despejado todos mis temores, fue cuando la situación empezó a empeorar. Porque ni bien nos acercamos al comedor, pude ver que sobre el modular de la sala descansaban los lentes de Don Francisco.&lt;br /&gt;Yo toda la vida tuve la convicción  que los muertos siguen viendo a través de sus anteojos. Desconozco el motivo de esta creencia, pero sé que comenzó en una vieja librería de barrio en donde de chico compraba los útiles escolares. La librería era atendida por un hombre gigante  de lentes de marcos oscuros y vidrios espesos. Cuando él murió, sus hijos continuaron la empresa con los lentes de su padre presidiendo el salón comercial, y cada vez que yo tenía que pisar la librería me sentía observado por aquel objeto inerte. Con el tiempo, otros lentes patriotas en los museos no hicieron más que aumentar esta sensación que ya nunca pude dejar de sentir. Me basta ver los anteojos de un muerto para automáticamente figurarme su rostro alrededor de ellos, y comenzar a sentir la energía de su presencia viva a partir de esa imagen. Los vidrios de los lentes retienen las miradas de sus antiguos dueños, y los anteojos de Don Francisco iban a controlarme desde aquel mueble por el resto de los días. &lt;br /&gt;Esa noche la comida me cayó muy mal. Para colmo, el padre de Silvina, en lo que para él era honrarme y para mí resultaba una sentencia, me invitó a sentarme en el lugar de la mesa que solía ocupar Don Francisco. El mueble en donde se hallaban expuestos los anteojos quedaba justo enfrente de mi nuevo lugar en la mesa, por lo que llegué a pensar en una conspiración. &lt;br /&gt;En los días posteriores la situación se fue agravando.  Si la mirada inquisidora del abuelo me había resultado intimidante, la presencia de sus ojos vivos en los lentes era un absoluto martirio. Comía poco y mal, solía sudar de manera exagerada, los cubiertos se soltaban de mis dedos con frecuencia provocando estruendos que eran interrumpidos por las miradas de la familia de Silvina, que por algún motivo misterioso, no hacía comentario alguno al respecto. Silvina fue la primera en notar mi incomodidad, pero intentó consolarme diciéndome que todos extrañaban al abuelo y que el tiempo sería el encargado de devolvernos la paz en esa mesa. Mientras tanto, cada bocado que llevé a mi boca durante meses llevó el signo maldito de la mirada de Don Francisco. &lt;br /&gt;Comprendí entonces que si descartaba de plano deshacerme de Silvina, debía hacer algo con esos anteojos. Y así fue que una noche, durante la  conversación previa a la cena y mientas la familia de Silvina discutía acerca de las noticias del día, tomé los anteojos de Don Francisco del aparador y los arrojé dentro de mi mochila. Ese día, aún cuando ya no me sentí observado, el temor a ser descubierto me impidió recuperar la tranquilidad de una cena en paz. Pero fueron las noches posteriores, cuando la presencia perversa de los lentes había desaparecido, las que me devolvieron el tono amable y jocoso que me caracterizaba. Todos parecieron percatarse de esto, y de a poco fui construyendo una relación agradable con mis suegros, que no hizo más que fortalecer mis lazos con Silvina. Pero para ese entonces el problema se había trasladado a mi departamento.&lt;br /&gt;Desde el día en que volví con los anteojos de Don Francisco guardados en mi mochila nunca tuve el valor de volver a abrirla. Fueron entonces las noches solitarias las que me condenaron en un estado de insomnio permanente pensando en los lentes arrebatados  a la familia de Silvina, que sin embargo, no se había percatado de su falta. Cada cena encantadora terminaba en un cruel regreso, con la mente atravesada por la culpa. Me sentía un secuestrador robándole a aquella familia el recuerdo protector de su patriarca. Y así era que ni bien ponía un pie en mi departamento, mi ánimo se derrumbaba. Noches enteras pensando en devolver los lentes de manera subrepticia, sin poder creer que mi osado escamoteo haya pasado desapercibido para quienes habían decidido bendecir su mesa con el recuerdo de aquel hombre. Así fue que llegué a la conclusión que si quería recuperar mi paz interior, debía destruir los lentes.&lt;br /&gt;No lo dudé. Con la precaución de no tener contacto directo con los anteojos, tome un par de guantes de látex y apenas entreabrí mi mochila clausurada por el espanto durante meses. Adentré mis manos a tientas y extraje los lentes colocándolos en una bolsa negra de residuos. Cerré la bolsa y una vez que terminé de anudarla tres veces, con una masa comencé a golpearla mientras sentía como dentro del nylon los vidrios iban estallando y haciéndose trizas, al  tiempo que un aire fresco empezaba a recorrer todo mi cuerpo. Mientras seguía golpeando, recuperaba un ritmo pausado en la respiración al que me había resignado a olvidar. Esa noche arrojé la bolsa aplastada dentro de la del resto de residuos y la alcancé hasta el container de la esquina en donde sería recogida por la compactadora, que completaría mi trabajo liberador. Por primera vez, después de meses volví a dormir en paz.&lt;br /&gt;Sucedieron dos días enteros sin ver a Silvina; si bien me extrañó su ausencia, yo tampoco hice mucho esfuerzo por contactarla. Pero cuando escuché el mensaje en el contestador avisándome que me esperaban a cenar en su casa, me sentí decididamente entusiasmado. Así fue que liviano y seguro, compré flores para Silvina y su madre,  una botella de champagne para un brindis de reencuentro, y  hasta una torta helada. Llegué temprano ofreciendo mis flores y mis regalos que fueron recibidos con cierta parquedad, lo que en un principio me descolocó. Esta actitud se sostuvo por largos minutos y comenzó a preocuparme. Excepto por esa frialdad todo trascurría con relativa normalidad, aunque decidí mantenerme cerca de Silvina, con quién me sentía más seguro. El silencio fue ganando la noche y yo empecé a sospechar que tal vez el robo no había pasado desapercibido como yo había creído. Que en realidad supieron de la falta de los anteojos desde el primer día y que habían esperado a que no haya vuelta atrás para echármelo en cara. Los anteojos del abuelo descansaban ahora entre toneladas de residuos enterrados en algún lugar del Gran Buenos Aires, y yo no tenía manera de deshacer aquella afrenta. Volví entonces a sentir la zozobra que bajo ese techo había sido habitual. Tragué toda la saliva que el nerviosismo acumulaba en mi garganta, pero decidí mantenerme firme hasta el límite y negar obstinado cualquier acusación que me hicieran. Pero no fue hasta el momento en que Silvina me pidió alcanzar la panera a la mesa, cuando finalmente pude comprender lo que sucedía. Y mientras mis manos apoyaban la canasta de mimbre desbordante de pan, vi a Don Francisco sentado en la cabecera de la mesa. Los marcos de sus anteojos estaban reparados con cinta adhesiva, y detrás de los vidrios astillados de sus lentes, sus ojos asesinos prometían venganza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-6628675280756223917?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/6628675280756223917/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/09/los-lentes-de-don-francisco.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/6628675280756223917'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/6628675280756223917'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/09/los-lentes-de-don-francisco.html' title='Los lentes de Don Francisco'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-109800063315486518</id><published>2010-08-19T16:35:00.000-07:00</published><updated>2010-08-19T16:37:00.899-07:00</updated><title type='text'>Las chicas drogadas me provocan ternura</title><content type='html'>&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 11"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CDOCUME%7E1%5CADMINI%7E1%5CCONFIG%7E1%5CTemp%5Cmsohtml1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt;   &lt;w:punctuationkerning/&gt;   &lt;w:validateagainstschemas/&gt;   &lt;w:saveifxmlinvalid&gt;false&lt;/w:SaveIfXMLInvalid&gt;   &lt;w:ignoremixedcontent&gt;false&lt;/w:IgnoreMixedContent&gt;   &lt;w:alwaysshowplaceholdertext&gt;false&lt;/w:AlwaysShowPlaceholderText&gt;   &lt;w:compatibility&gt;    &lt;w:breakwrappedtables/&gt;    &lt;w:snaptogridincell/&gt;    &lt;w:wraptextwithpunct/&gt;    &lt;w:useasianbreakrules/&gt;    &lt;w:dontgrowautofit/&gt;   &lt;/w:Compatibility&gt;   &lt;w:browserlevel&gt;MicrosoftInternetExplorer4&lt;/w:BrowserLevel&gt;  &lt;/w:WordDocument&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:latentstyles deflockedstate="false" latentstylecount="156"&gt;  &lt;/w:LatentStyles&gt; &lt;/xml&gt;&lt;![endif]--&gt;&lt;style&gt; &lt;!--  /* Style Definitions */  p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal 	{mso-style-parent:""; 	margin:0cm; 	margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:12.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-fareast-font-family:"Times New Roman";} @page Section1 	{size:595.3pt 841.9pt; 	margin:70.85pt 3.0cm 70.85pt 3.0cm; 	mso-header-margin:35.4pt; 	mso-footer-margin:35.4pt; 	mso-paper-source:0;} div.Section1 	{page:Section1;} --&gt; &lt;/style&gt;&lt;!--[if gte mso 10]&gt; &lt;style&gt;  /* Style Definitions */  table.MsoNormalTable 	{mso-style-name:"Tabla normal"; 	mso-tstyle-rowband-size:0; 	mso-tstyle-colband-size:0; 	mso-style-noshow:yes; 	mso-style-parent:""; 	mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; 	mso-para-margin:0cm; 	mso-para-margin-bottom:.0001pt; 	mso-pagination:widow-orphan; 	font-size:10.0pt; 	font-family:"Times New Roman"; 	mso-ansi-language:#0400; 	mso-fareast-language:#0400; 	mso-bidi-language:#0400;} &lt;/style&gt; &lt;![endif]--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;La tuve que sostener de un brazo porque al subir el último escalón se resbaló y estuvo a punto de rodar por la escalera. Mientras con una mano la sostenía, con la otra abrí la puerta. Cerré con un patadón y arrastré su cuerpo bamboleante hasta el sillón. Dejó caer un pequeño bolso a su lado y allí se derrumbó adormecida. Apoyé la llave sobre el aparador y solo me dediqué a observarla. Soy Marcela, me abrís?, &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;había oído por el auricular del portero eléctrico pocos minutos antes. No dudé en bajar, y apenas me percaté de su estado, en acceder a abrirle y hacerla pasar a mi departamento. Mirándola recordé una charla entre amigos acerca de la rubia del buffet a la que habían visto una noche desplomada frente a la puerta del club, completamente drogada. Las chicas drogadas me provocan ternura, estuve a punto de confesar, pero decidí callar; entre botellas de cerveza y remeras transpiradas colgando de los hombros, el uso de la palabra ternura no hubiese sido bien interpretada. Y ahora la tenía a Marcela recostada sobre mi sillón, completamente drogada, y esos breves minutos de observación minuciosa no hacían más que confirmar aquella sentencia en su momento silenciada: las chicas drogadas me provocan ternura. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Me senté y solo atiné a contemplarla. Tenía la cabeza apenas ladeada y la boca semiabierta. Un mechón de su flequillo le cubría uno de sus ojos entrecerrados. Sin saber mucho como actuar decidí esperar y a los pocos minutos empecé a dudar si no estaba muerta. El sentimiento tierno que me embargaba no era aplicable a una chica muerta sino a una drogada, me dije, intentando ahuyentar la idea de un cadáver reposando sobre mi sillón. Así que deduje que todavía vivía, aunque de todas maneras me acerqué a confirmarlo. Estuve a punto de llamarla cuando suspiró profundamente y abrió los ojos. Qué tenés de tomar?, me preguntó intempestiva. De todo, pero para como estás, solo agua, le contesté. Ella me insultó. Ni siquiera terminó la frase del insulto, pero estaba claro que el ofrecimiento abstemio no la convencía. Los párpados volvieron a caerle hasta la mitad de los ojos con tal gracia, que con ese gesto disuadió mi negativa; le serví ginebra. Le alcancé un vaso que Marcela apenas podía sostener. Lo miró reflexiva y lo lanzó contra el piso. Te dije que agua no, imbécil!, gritó, y como si en ese grito se le hubiesen ido las pocas fuerzas que le quedaban, se desplomó nuevamente sobre los almohadones. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Iba a ser una noche larga, me dije, y supuse que tener café preparado en algún momento podía resultar útil. A eso iba cuando escuché la voz de Marcela pidiéndome la computadora. Al escuchar el timbre yo había apoyado la notebook sobre una silla, y así como la había dejado se la acerqué. Tenés que mandar un mail? Le pregunté sin mucho sentido, y ella me miró con los pocos ojos que le quedaban y no me contestó. Cuando regresé de conectar la cafetera, ella estaba con la notebook sobre la falda, mirando porno. A decir verdad, el tamaño de sus ojos me impedía comprobar si estaba o no mirando. Y en realidad ella no había hecho nada; era yo el que había estado mirando porno hasta escuchar el sonido del timbre. El salvapantallas me había hecho olvidar de tomar la precaución de cerrar el video antes de acatar su pedido. Para comprobar si estaba o no consciente, me acerqué a Marcela y despacio le saqué la notebook; ni se inmutó. Al recuperarla recordé la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;película que estaba viendo y descubrí que se parecía bastante a mi noche: el actor miraba porno en una TV (yo en mi notebook); la morocha tocaba el timbre y lo interrumpía (Marcela era castaña), él dudaba pero al final la hacía pasar (yo no dudé un instante, pero la duda del actor no resultó muy creíble tampoco); ella pasaba y se recostaba en un sillón (a Marcela la solté solo cuando estuve seguro que caería en un lugar mullido). Hasta allí las coincidencias, porque si bien la entrada de Marcela me impidió avanzar con la escena, apuesto a que el muchacho de la película sintió cualquier cosa menos ternura. Mientras apoyaba nuevamente la notebook sobre la mesa pude advertir que además, el actor había seguido recibiendo visitas y en mi departamento éramos solo dos.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Fui a buscar el café&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y cuando volví con la cafetera y dos tazas, Marcela intentaba decir algo y señalaba el televisor. Mucho no le podía entender y me senté a su lado. Acaricié apenas sus mejillas, un poco por cariño y otro poco porque pensé que tal vez servía como masaje para ablandar los músculos de su boca. Alcancé a entender la palabra “velero”, mientras seguía señalando el televisor. No tenía mucha lógica, pero tampoco lo tenía el resto de los hechos de la noche, así que encendí el aparato. Para mi sorpresa, en ESPN estaban transmitiendo una regata. Desde un helicóptero mostraban imágenes aéreas de veleros en una competencia que no terminaba de atraerme. Las embarcaciones navegaban lo suficientemente separadas como para producir una escena excitante, y para colmo el castellano neutro del comentarista no hizo otra cosa que espantarme. Me volví para sugerirle tiernamente a Marcela de dejar de lado la idea del televisor. Ella había vuelto a adormecerse, pero ni bien terminé de voltearme, nuevamente señaló el televisor. Acerqué mi oído derecho a su boca &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;y esta vez le entendí “melero”. Sin pensarlo apunté el control remoto hacia las embarcaciones y empecé a pasar canales. Habré salteado unas cuarenta señales cuando me detuve y quedé pasmado. Daniel Melero cantaba que quería estar entre mis cosas, o entre las de ella, o entre las de quien sabe quien. Pero allí estaba Melero obedeciendo los deseos de mi tierna narcotizada que estaba empezando a asustarme. Semejante nivel de percepción me aturdió. Era posible que desde el limbo en donde ella estaba suspendida pudiese avizorar la programación al aire de las señales de mi televisor? &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;O ella poseía un poder para hacerlas aparecer a su antojo? Qué te tomaste,nena?, le pregunté a una Marcela que parecía sonreír, aunque su poco dominio del labio superior podía estar engañándome. En ese momento el cuerpo me pidió algo más fuerte que el café y corrí hacia el Jack Daniels. No había terminado de servirme cuando lo escuché a Calamaro repetir con ella “espero”, “florero”, “febrero”. Me sentí un idiota y apagué el televisor. El reloj marcaba las cinco de la mañana. Miré a Marcela y ella ahora, además babeaba.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Pasé las siguientes tres horas bebiendo whisky sin dejar de mirarla un momento. Ella se volteaba de un lado a otro, como si ninguna posición la conformara. El insomnio y el alcohol me devolvieron el sentimiento de ternura hacia la chica inquieta y molesta que después de un buen rato parecía haber encontrado comodidad en una posición algo ridícula, con los brazos cruzados cayendo entre sus piernas entreabiertas. La notebook había agotado su batería y al televisor no me atreví a encenderlo de nuevo. El silencio era profundo y la respiración débil de Marcela era la única señal de que el tiempo no se había detenido. Me acordé de la voz de &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Robert Smith diciendo “At night I hear the darkness breathe”; si mis discos guardaran algún orden más o menos lógico, me hubiese levantado a buscar “Seventeen seconds”. La continuidad de la bebida hizo que en más de una oportunidad sienta el impulso de desabrochar uno de los botones de su blusa, acto que mi cerebro bloqueó imponiendo el estricto alcance del sentimiento de ternura. El alcohol, un poco el cansancio acumulado, tal vez algún efecto contagio, y la permanente y continua observación de la imagen plácida de Marcela llevó a que yo también &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;me adormeciera. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;Me desperté sobresaltado escuchando una voz áspera que a los gritos me inquiría: Quién mierda sos? Dónde carajo estoy? En el aturdimiento, Marcela llegó a sacudirme tomándome de los hombros, pero ni bien me incorporé ella tropezó y cayó al piso. Cuando tomé consciencia de la situación atiné a extenderle la mano para ayudarla a levantarse e intentar ofrecerle una explicación, pero aún en el suelo ella empezó a hurgar en su bolso y temí que guardase un arma. Sus ojos estaban desorbitados pero evidentemente había recuperado la lucidez, porque ya no me provocaba nada de ternura. Por suerte lo que extrajo de su cartera fue un teléfono celular. Mientras me atropellaba buscando la puerta su pulgar marcaba desesperada números en el teclado. Abrió la puerta y bajó la escalera sin detenerse, ni siquiera se inmutó cuando la llamé por su nombre. Alguien atendió su llamado y en el diálogo que alcancé a oír, cuando dijo algo sobre “un hijo de puta”, creo que se refirió a mí. Pensé que me había robado el whisky, pero encontré la botella vacía volcada sobre la alfombra.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-109800063315486518?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/109800063315486518/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/08/las-chicas-drogadas-me-provocan-ternura.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/109800063315486518'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/109800063315486518'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/08/las-chicas-drogadas-me-provocan-ternura.html' title='Las chicas drogadas me provocan ternura'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-5766679270301745443</id><published>2010-08-03T18:13:00.000-07:00</published><updated>2010-08-03T18:21:04.955-07:00</updated><title type='text'>En defensa propia</title><content type='html'>La galería no era amplia, pero la sabiduría de Ramiro para disponer de su estructura la había transformado en agradable y acogedora. El pequeño edificio contaba con dos pisos, de tres pequeñas salas cada uno y un subsuelo. En la planta baja se encontraba la recepción, allí donde Ramiro Cárdenas pasaba la mitad de su día repartiendo folletos ajados, agradeciendo esporádicas donaciones y recomendando las pocas obras que el tiempo le había permitido guardar. Aquella galería que años atrás había cobijado a jóvenes promesas de la plástica, hoy se sostenía solamente en la absurda tozudez de Ramiro, que como en aquel viejo astillero de Onetti, pretendía mantenerla de pie, en medio del abandono y las deudas.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;     Ramiro había quedado al mando de hecho de la galería cuando Benito Olmos, el primer dueño del edificio y benefactor del emprendimiento, había partido a Europa, dejando a cargo a unos indóciles sobrinos que en poco tiempo sólo supieron acumular desatinos e incumplimientos. Sin embargo, la condición de sereno había dado lugar a la de guía y finalmente curador, lo que le había permitido a lo largo de unos pocos años ganarse la confianza de un puñado de consecuentes visitantes y tenaces emprendedores, que no dejaban de confiar en su experiencia la exposición de sus obras. Sintiéndose dueño absoluto de ese espacio, solía rotar permanentemente su stock de pinturas  y armaba recorridos ideados bajo las lógicas más inverosímiles, abusando de su capacidad para inventar historias acerca de cada uno de los trabajos. Entonces, la sala que alguna vez era dedicada a exponer  paisajes podía reinventarse como panteón surrealista, sin que medie otro artilugio que aquella inventiva excepcional. En medio de cartas documentos, amenazas de desalojo, boletas de servicios impagas que se acumulaban, Ramiro sostenía bajo su dominio aquel pequeño espacio a la espera de algún milagro que lo reviviera.  &lt;br /&gt;     En el subsuelo era donde además Ramiro tenía su refugio. Una pequeña habitación que en su tiempo fue la sala de trabajo de Benítez Olmos. En ella compartía el lugar con apenas una cama de una plaza recostada hacia la pared que daba al salón y un viejo banquetón de tapizado desgastado que hacía las veces de mesa de luz. Sobre él, una lámpara armada con una antigua botella de ron y una repisa tan colmada de libros como de tierra, justo enfrente. A su lado, la puerta que comunica al diminuto baño, que se unía en ángulo recto con otra puerta que daba al salón. Ese salón resultaba una extensión de su pieza, porque era tan profunda la relación que lo unía con las obras que allí se exponían, que no podía estar entre ellas sin sentirse en su propio hogar.&lt;br /&gt;     Pero no cualquier cuadro tenía el privilegio de estar colgado en ese pasillo. Únicamente cuestiones afectivas eran lo que motivaba la presencia de pinturas en ese sector, al que pocas veces permitía acceder a las visitas y que recorría lentamente cada noche antes de sumergirse en la rutina de la lectura previa al sueño. Muchas de esas pinturas eran apenas esbozos abandonados por los viejos alumnos de la galería. Había un soldado de raído uniforme y asombroso parecido con Napoleón, naturalezas muertas, paisajes, retratos de todos los tipos, un anciano cacique indio en insólita actitud reposada. Pero su predilecto era “En defensa propia”, el único recuerdo que le quedaba de un joven botija al que había cobijado varios meses, después de encontrarlo durmiendo delante de la puerta de la galería una fría noche invernal. En el poco tiempo que convivieron, consiguieron trabar una muy intensa amistad y además, Álvaro se había convertido en su primer y único alumno. Su poca experiencia como maestro, más las nulas aptitudes del joven habían resultado un fracaso absoluto en el ensayo, pero Ramiro nunca dejó de insistir. Se cocinaban alternadamente, se ayudaban con la limpieza de las salas, y por las noches se tomaban tiempo para el mutuo aprendizaje; Álvaro intentaba aprender a pintar, mientras Ramiro pretendía ejercitar el desconocido oficio de profesor de plástica. Pero la suma de torpezas solo daba lugar a frustraciones, y grande fue la sorpresa de Ramiro cuando una tarde se encontró con una carta de despedida de Álvaro junto a una pintura llamada “En defensa propia”.&lt;br /&gt;    La tristeza inicial por el abandono, mitigada en parte por la noticia de un buen empleo en Montevideo, dejó lugar a una extrema curiosidad alrededor del trabajo de Álvaro. No solo porque mostraba un sorprendente avance en las dotes plásticas del joven, sino porque la pintura le resultaba muy intrigante. Por otra parte, en la carta, Álvaro hacía apenas una breve alusión al trabajo, con un simple “espero que le guste, que pueda aceptarlo y que nunca llegue del todo a comprenderlo”. Sobre un fondo oscuro que negaba toda noción de profundidad, en una ausencia absoluta de luz, se contorneaba difusa la figura abatida de un hombre de rostro curtido, con un marcado dejo de tristeza en la mirada como único rasgo distintivo. Los brazos colgaban vencidos y en la mano derecha se podía apreciar un objeto brillante, tan reluciente que parecía iluminar todo el cuadro oficiando de estrella desde las manos de aquel hombre. Al principio, el trabajo le parecía un hallazgo formidable por parte de un principiante. Con el tiempo, su inquietud se fue concentrando en la comprensión de la escena y en el brillo proveniente de la mano derecha, al que negaba significados mágicos. Sumado esto a aquel deseo de Álvaro en la carta adjunta, acerca de nunca terminar de comprenderlo del todo, más la nula relación que encontraba entre la imagen y el nombre de la pintura, el misterio siguió acrecentándose. Y cada noche, luego de atravesar el pasillo, se detenía pensativo frente al cuadro, en un hábito que con los años fue adquiriendo características casi místicas.  Por otra parte, esa rutina lo colmaba de una inmensa paz interior, por lo que la ceremonia perduró en su costumbre, y el tiempo no hizo otra cosa que aumentar el ahínco de Ramiro en su devoción por interpretar la obra y descubrir su significado.&lt;br /&gt;      Entre los tantos sobres acumulados en el buzón del correo, una tarde Ramiro descubrió una carta-documento firmada por el representante de Juan y Rodrigo Alberti, nombres que había leído alguna vez sin darle importancia, y que resultaban ser los nuevos dueños de la propiedad en donde se hallaba la galería. Leyó la carta intentando comprender el estricto lenguaje legal en que estaba escrita, pero entre el desgano y el desconocimiento, sólo dos palabras bastaron para que comprenda el significado de la misma: desalojo y venta. En un primer impulso pensó en recurrir a sus agendas polvorientas a ubicar viejos clientes y alumnos de la galería como para utilizar la sensibilidad y el cariño hacia el lugar como único argumento para enfrentarse a la prepotencia de la amenaza legal. Pero rápidamente comprendió que no tenía sentido. La angustia ganó su alma de repente y la depresión fue creciendo día a día mientras no hacía otra cosa que sollozar y  maldecir encerrado en su habitación, alimentado solo por las galletas que le quedaban a mano, sin siquiera abrir la galería en esos últimos días restantes. Una resignación que le resultaba extraña a su personalidad, y que por primera vez gobernaba sus decisiones sin otro resultado que la renuncia.&lt;br /&gt;     Permaneció así por días enteros hasta que una gran duda lo invadió y lo sacó de su estatismo: qué sería de sus cuadros? Adónde irían a parar sus paisajes, sus geométricos desnudos, los retratos garabateados, cada una de aquellas obras a las que había dedicado su vida? Sin duda quien se quedase con la propiedad no tendría el mínimo interés en aquel arte de principiantes y los trabajos serían abandonados o destruidos. Entonces una fuerza proveniente de su instinto casi paternal para con aquellas obras, fue la que lo movilizó para su última tarea dentro de la galería. Y grandes planchas de papel madera fueron abrazando y protegiendo uno por uno cada cuadro, y el hilo blanco cerraba los paquetes con un nudo en forma de moño, otorgándoles una ridícula apariencia de regalo. En ningún momento pensó en dónde los iba a llevar, jamás se puso a pensar que el destino de esos cuadros estaba atado al suyo, y que después de más de veinte años, por primera vez no tenía lugar donde resguardarse. Entonces continuó sin pausa desvistiendo las paredes que se descubrían descascaradas y húmedas, revelando una imagen cruel que Ramiro apenas podía tolerar.&lt;br /&gt;     Una mañana mientras se aprestaba a descolgar los cuadros del subsuelo (el cariño que sentía por ellos lo hizo dejarlos para el final) oyó el estremecedor zumbido del timbre de la entrada. Por un momento recuperó la ilusión. El sonido agudo le había inspirado una confianza que se hizo pedazos ni bien entreabrió la puerta. Un hombre de traje le mostraba prepotente la orden de desalojo, al tiempo que tres empleados con mameluco se abrían paso con un gran bastidor de madera y una chapa que sentenciaba la venta de la propiedad. Permaneció en la vereda observando el trabajo de los obreros que colgaban el cartel sin hacer ningún tipo de comentario. Pasmado, exhausto, observó trabajar a los hombres apenas traicionado por un espíritu artístico que le permitió alguna absurda observación acerca de la poca gracia de las letras mayúsculas, y la pobre tonalidad del verde de la leyenda sin contraste alguno con el fondo blanco del cartel.&lt;br /&gt;Hastiado decidió regresar al subsuelo. Descendió los últimos escalones mientras oía los ruidos del taladro y el martillo golpeando en el techo. Retomó su tarea pacientemente. De manera pausada continuó envolviendo las pinturas comportándose como un autómata, pues su fuerza de voluntad había desaparecido por completo. Y casi sin darse cuenta siguió doblando papeles, anudando prolijamente y apilando los cuadros. Apenas el sonido del portazo cuando los obreros salieron sin despedirse, lo sacó momentáneamente de ese estado, al que inconscientemente retornó de inmediato.&lt;br /&gt;     Ya casi había concluido su tarea y se dirigió a su pieza para empezar a empacar sus pocas pertenencias. Allí, en la entrada cruzó nuevamente su vista con el cuadro regalado por el botija. Recordó a Álvaro y su juventud. Los días en que convivieron repartiéndose lo poco que tenían. Se retiró unos pasos sin quitarle la vista, pensando que tal vez alejándose un poco podía descubrir en esa última observación algún significado en la figura. Y en esa búsqueda final por primera vez comienza a vislumbrar la escena del cuadro. Empieza a comprender al hombre; honorable, consecuente.  Lentamente el contorno de la figura abandona sus límites difusos y delata rasgos bien definidos y reconocibles. El brillo en la mano derecha de pronto deja de ser un misterio y encuentra significado en la fina hoja de un puñal. Y como sacudida por un hechizo la figura parece cobrar vida y el brazo derecho comienza a adelantarse. El hombre curtido no varía un solo gesto y asume valientemente lo que le toca. El brazo continúa desplazándose lentamente pero sin titubeos hasta apoyarse y hundirse en el pecho del hombre que lo recibe dócil y resignado. Y el rojo que ahora impregna su camisa no es óleo sino sangre, porque el brazo es izquierdo y no derecho, y porque el cuadro ya no es cuadro sino espejo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-5766679270301745443?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/5766679270301745443/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/08/en-defensa-propia.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/5766679270301745443'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/5766679270301745443'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/08/en-defensa-propia.html' title='En defensa propia'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-3438401214077315807</id><published>2010-07-23T19:32:00.000-07:00</published><updated>2010-07-23T19:36:00.375-07:00</updated><title type='text'>A gusto</title><content type='html'>Se sabe oír del frío aterrador que congela las paredes de las casas. Del aire saturado que agobia a los desprevenidos pulmones. De inviernos desérticos y veranos agobiantes. De espesas nubes que descienden hasta las más altas ramas de los árboles a robarse los nidos de los pájaros. Suele hablarse por allí de un intenso e incesante crujir de ventanas por las noches. De soledad, desolación, y aburrimiento. &lt;br /&gt; Hay quienes afirman, desde su experto razonamiento, que el lugar es inhabitable. Hablan de aromas pestilentes, del rumor permanente del viento arrasando los resecos terraplenes. De los lacerantes rayos de sol en las tardes de Enero. Hasta de líquidos insalubres que fluyen en recónditos manantiales. Ciertos hombres, adentrados en vacilantes investigaciones, sostienen que es total la ausencia de niños y manifiestan sobre un lejano canto de ronda que parece recordarlos. Y cuentan también sobre perros que aúllan como lobos, y de felinos que lo recorren sosteniéndose solo sobre sus dos patas traseras.  De pavorosas aves con picos puntiagudos y miradas inquietantes.&lt;br /&gt; No son pocos los que sustentan teorías sobre un pueblo fantasma, y que relatan historias de bandoleros, de duelos y  ajustes de cuentas. Se dice además de un anciano desgarbado, que solía recorrer los campos ayudado por un bastón hecho con una rama seca y que una noche desapareció sin dejar rastros. De su compañera fiel, que esperándolo, quedó fundida en una roca donde aún hoy descansa.&lt;br /&gt; Me encanta oír esas historias. Me fascina la pasión con que las cuentan. Me intrigan los rostros aterrados de quienes se atreven a lo más oscuro, a lo más fantástico. Relatos encendidos, a veces hasta arengas amenazantes se suceden sin fin, dejando en cada oído el implacable rastro del espanto. Gozo enormemente oyéndolos, imaginando al osado que se atreva a dar un paso más hacia el enigma. Yo mientras tanto, los espero aquí, sintiéndome tan a gusto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-3438401214077315807?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/3438401214077315807/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/07/gusto.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3438401214077315807'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/3438401214077315807'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/07/gusto.html' title='A gusto'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1234542250238978306</id><published>2010-05-17T18:17:00.001-07:00</published><updated>2010-05-17T18:17:40.899-07:00</updated><title type='text'>Una remera manchada con sangre</title><content type='html'>El gato no era grande. Había dejado de ser cachorro, pero todavía conservaba un aire juguetón y se paseaba por los brazos y hombros de ella con enorme docilidad. Subía por la izquierda, ella lo ayudaba a veces, llegaba hasta el hombro, pasaba por detrás de la cabeza y descendía por el otro brazo con elegancia. Ella lo acariciaba, el gato a veces se demoraba dando un par de vueltas sobre si mismo y empezaba a trepar haciendo el recorrido inverso. Ella era hermosa. La había visto pasar frente a mí unos minutos antes y desde que se sentó en el banco frente a donde yo leía, no había dejado de mirarla por encima del libro. Parecía feliz con su gato, que obediente  se mantenía encima de ella ignorando los ruidos y el movimiento a su alrededor. Repetidamente trepaba por su brazo, ella lo tomaba del lomo, lo acomodaba sobre su falda, y él volvía a trepar. &lt;br /&gt; No sé si ella me había visto, si sabía de mis ojos desviados de las páginas de un relato tan aburrido como la tarde, pero por un momento sospeché que el flequillo rubio cayendo sobre sus párpados eran para sus ojos lo que el libro para los míos. Me entusiasmé por un momento, pero después de un rato decidí, como tantas otras veces, dejar de pensar en quien tenía enfrente, y me refugié cobarde en la lectura. Aún así, con menos frecuencia, mantuve el interés por ella, y más que nada por la sorprendente docilidad de aquel animal que seguía recorriéndola sin descanso. &lt;br /&gt; Pero fue en un momento en que las miradas ya tenían más de curiosidad mecánica que otra cosa, cuando encontré en sus ojos una respuesta. Un gesto extraño mezcla de súplica y ternura, y cuyo significado no comprendí hasta un buen rato más tarde. Justamente cuando volví a prestar atención al recorrido del gato, pude ver que ya no transitaba mansamente por los brazos, sino que se aferraba a ellos con las uñas filosas en punta, mientras la piel dorada era teñida por finos ríos de sangre que recorrían los brazos y el cuello de ella. Comprendí que esos ojos no me miraban a mí, miraban al prójimo. En silencio parecía reclamar una ayuda que juzgué innecesaria, ya que entendí que se trataba de librarse del gato en un movimiento brusco y ya. Pero ella no parecía dispuesta a hacerlo y seguía como hipnotizada, sometiéndose a las garras del felino sin expresar una sola queja. En un momento escuché un maullido agudo. Cuando miré, el gato trepaba veloz un árbol y se perdía entre las ramas. Ella, hermosa, caminaba lentamente hacia donde yo leía. Pude ver que el gato había lastimado bastante más que sus brazos y simulé distracción, amparándome una vez más en el libro. Caminaba firme directo hacia mí, y yo esperaba que la escena derive en un reclamo absurdo e incoherente. Sin embargo ella se desvió del rumbo; apenas pasó a mi lado, y al pasar se limpió los brazos ensangrentados en mi remera blanca; después siguió su camino. No me atreví a decir nada,  ni a volver la mirada para seguirla. La tarde no duró mucho más. La mancha de sangre en la remera no pudieron removerla ni siquiera en el lavadero, que hoy cuelga como trapo sucio junto a algunas herramientas oxidadas.&lt;br /&gt; Hasta aquí la historia no es más que una anécdota sobre una tarde aburrida y mi eterna timidez con las mujeres. Pero ocurre que desde hace unos días el gato amanece a los pies de mi cama con pedazos de ella colgando de sus colmillos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1234542250238978306?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1234542250238978306/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/05/una-remera-manchada-con-sangre.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1234542250238978306'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1234542250238978306'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/05/una-remera-manchada-con-sangre.html' title='Una remera manchada con sangre'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1646979749375508756</id><published>2010-04-25T17:22:00.000-07:00</published><updated>2010-04-25T17:23:40.443-07:00</updated><title type='text'>Sueño 2.0</title><content type='html'>Estoy dedicándole demasiado tiempo a Internet. Hasta ahora sin ningún otro inconveniente que el cansancio y el tiempo que le quito a otras actividades. Pero ayer tuve un problema: mientras dormía empecé a ver los sueños en forma de comentarios. Todo lo que en mi mente sucedía en el transcurso de la noche estaba relacionado con el Facebook. Toda la gente que aparecía tenía su espacio y para entrar a mi sueño, me enviaba un request. Todos. Los conocidos, los que no eran conocidos, los allegados, las personas con rostro en blanco que suelen aparecer en los sueños, los famosos, los ignotos, todos. Cada cosa que sucedía en el sueño se trasmitía en una pantallita de Youtube. Y como no podía ser de otra manera….mi sueños se colgaban! De repente estaba soñando una pelea de boxeo, y los boxeadores se detenían y empezaban a pelear en cámara lenta. Por momentos tuve la impresión de pasar buena parte de la noche soñando con un reloj de arena girando sobre sí mismo. Debajo de cada sueño veía una línea en blanco, que se iba llenando de azul a medida que el sueño avanzaba. Tenía seis o siete sueños empezados el mismo tiempo, y cambiaba de uno a otro perdiendo el hilo de cada historia, sin poder completar ninguna, y quitándole la poca lógica que de por sí tenía cada sueño. Entre las cosas más curiosas que me sucedieron, la que más me impresionó fue cuando para oír el consejo sabio de mi abuelo tuve que tipear un dificultoso e incomprensible captcha. Incluso recuerdo que para liberarme de una terrible pesadilla, antes de hacerlo tuve que cambiar mi modo a “scared”, para después sí despertar atormentado. Aunque parezca mentira, creo que puedo acostumbrarme. Al fin de cuentas no deja de ser un sueño, aunque reconozco un cierto temor a que se repita. Pero lo que más me preocupa de todo esto es que mi capacidad de soñar quede condicionada por mi frágil memoria para las contraseñas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1646979749375508756?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1646979749375508756/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/04/sueno-20.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1646979749375508756'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1646979749375508756'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/04/sueno-20.html' title='Sueño 2.0'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-2491220089672808335</id><published>2010-04-06T17:25:00.000-07:00</published><updated>2010-04-06T17:29:30.077-07:00</updated><title type='text'>Escena en el muelle</title><content type='html'>Que el día haya amanecido nublado no debe ser motivo de preocupación, todo lo contrario, Jorge siempre vuelve en días nublados. Ese gris que amenazante se asoma sobre su vista no es otra cosa que la primera señal positiva, el primer infaltable paso para el rito de risas, llantos y brazos entrelazados que inevitablemente le seguirán. Y mientras en el muelle algunos abran sus paraguas apenas la primera gota se pose sobre sus mejillas, Marta solo atinará a sonreír.&lt;br /&gt; Cada reencuentro es distinto, pero lo que nunca cambia son todos aquellos detalles repetidos que evocan a cada uno de los anteriores, que prometen alegrías a cuenta por los que vendrán. Y apenas Jorge baje el primer escalón, los brazos de Marta se elevarán hasta el cielo nublado, casi alcanzándolo, y dejando pasar la oportunidad de tocarlo. La gorra de Jorge volará por el aire hacia ella, y se perderá en el camino. Y él correrá a su encuentro, y la verá llorar, y la abrazará como nunca, como siempre; y se separará un instante sólo para hacerle notar que él también llora, y le dirá que cada día está más hermosa, y volverá a abrazarla. Y así permanecerán durante largos minutos, olvidándose y perdiendo noción de todo. Y llorarán hasta que sus ojos se parezcan a ese cielo, y caminarán abrazados, en silencio, sólo mirándose y sonriéndose cómplices al ver su escena repetida en algunas otras parejas que rodean el muelle.&lt;br /&gt; Muchas veces había pensado en pedirle que ese regreso sea el último, lo extrañaba demasiado y con los años ya no le resultaba tan fácil sobrellevarlo. Por otra parte las misiones eran cada vez más peligrosas y las esperas se estaban transformando en angustiosas. Tanto que a veces llegaba a pensar que no regresaría. Pero sí. Entonces la escena del muelle se repetía eternamente. El cielo nublado, la gorra despedida, la carrera, los abrazos, los besos. Tanto gozaba, que a veces sentía que vivía solo para eso. Por eso nunca le dijo nada. Y llegaba la carta con la orden de embarque,  que aunque esperada siempre lo hacía a destiempo, y Marta corría,  preparaba el equipaje y planchaba el uniforme. No deseaba que se fuera, deseaba empezar a extrañarlo. Abría cada mañana el buzón casi siempre vacío, y soñaba con oír su voz cada vez que sonaba el teléfono (a veces se tomaba tiempo para llamarla) Y con los años se acostumbró a aquel ritmo de vida. De apuradas despedidas, de ansiosas esperas, de fantásticos días nublados.&lt;br /&gt; Esa mañana Marta llegó al muelle con más tiempo que de costumbre. A diferencia de otras veces, la intriga acompañaba a esa contenida felicidad a punto de estallar. Quería observar a los demás. Ver su reflejo entre tantas otras escenas. Caminar por aquel lugar que le significaba tanta felicidad y al cual nunca se había tomado tiempo de valorarlo. Odiar  un poco también a esas madres y hermanas de despreciable andar presuntuoso, y sonreír junto a esas novias inexpertas que  ilusionadas, esperaban de ese reencuentro la propuesta que las haga sentirse también un poquito victoriosas entre tanta tropa condecorada.&lt;br /&gt; De repente, mientras Marta recorre uno a uno estos rostros se apodera del muelle, una impronta de alaridos, y hurras. Hacia el horizonte se recorta la figura del barco. Pero a ella no le importa eso tanto y casi que ese griterío llega a fastidiarla. Su íntima alegría no explotará hasta ver la gorra de Jorge surcando el aire; después de todo la aparición del barco lo único que significa es que todavía falta media hora como mínimo para que los marinos bajen al muelle. Pero esa expresión ruidosa sólo dorará unos minutos, y como su experiencia se lo indica, pronto todos volverán en silencio a su reposada espera.&lt;br /&gt; Todo ese barullo la lleva a retirarse un poco y distraerse con el paisaje que rodea al muelle. Las luces, algunos balcones aislados que se llegan a ver a lo lejos y los lejanos ruidos de los motores de los barcos, parecen ignorar en su rutina, todo el ansioso episodio que acontece frente a ellos. La seduce el marrón dorado del río esa hora de la tarde, la sombra prepotente de algunos edificios y mástiles que se dibujaban sobre el agua. Y en esa observación, Marta atempera un poco la perpetua espera y logra distraerse. Pero su verdadero corazón se encuentra a sus espaldas, y a pesar del aparente desinterés por lo previo, no pierde detalle de lo que sucede. El mayor movimiento hacia la zona de desembarco la lleva a prestar atención hacia el río. La figura de la nave ya se aprecia más cercana, - unos diez minutos -, se dice experta. Entonces, entre empujones y codazos, se acerca al muelle buscando una mejor vista.&lt;br /&gt; Es un sentimiento único. Nadie podrá entender jamás el cosquilleo que recorre su cuerpo en esos momentos. Su forma de respirar no es normal, es agitada y profunda al mismo tiempo. Le cuesta creer que su sangre recorra las mismas arterias por donde lo hace habitualmente. Hasta sus sentidos han cambiado. Es tan profundo y poderoso lo que percibe, que sospecha que en ese momento son más de cinco, o quizá los cinco juntos, que se entrelazan de tal manera, que hacen uno solo, nuevo, único, distinto. Pero de lo que sí esta segura es que no existe otro momento, ni otro lugar en donde esa sensación pueda presentarse.&lt;br /&gt; El barco ya se ha detenido, algunos marinos saludan asomados desde la cubierta. Pero no les presta atención, sabe que Jorge odia esa ceremonia, y lo único que desea es encontrarla. Y al tiempo que una banda, de trombones, trompetas y redoblantes empieza a sonar desafinada, la imponente escalera se desprende del barco, a la altura de lo que ella intuye, es la bodega. El agudo griterío vuelve a irritarla, casi tanto como el estridente sonido que oye de fondo. &lt;br /&gt; Pasan otros minutos, la puerta se abre y los marinos empiezan a bajar. Marta mira detenidamente a cada uno, que a paso firme desciende por la escalera. No reconoce nada de lo que pasa a su alrededor. Es como si se encontrara en una sala, mirando diapositivas, identificando a alguien, hasta gritar es él!, es ese!. Y espera. Jorge como pocas veces demora en bajar y eso la inquieta un  poco. Pero el incesante transitar a bordo de la escalera evita que se detenga en esa inquietud. Hasta que después de algunos minutos durante los cuales nadie baja, la escalera se eleva lentamente, volviendo a formar parte del casco del barco.&lt;br /&gt; Cómo es posible que no lo haya visto pasar?, cómo pudo distraerse de esa manera, qué detalle se le escapó para no apreciar la llegada de Jorge?. Estará enojado, o él tampoco la vio? Sus nervios parecen duplicar el peso de sus piernas, que adhieren sus pies al suelo boicoteando la decisión de buscarlo por el muelle. Imagina: cómo será esta vez el encuentro?. Mira hacia arriba, a ese cielo nublado, único punto de coincidencia con sus esperas anteriores. Está ansiosa. Qué sorpresa le tenía Jorge preparada?. La tomaría desde atrás de la cintura, haciéndola saltar del susto, para luego sí abrazarla como él sabe hacerlo?. Se detendrá frente a ella, con la gorra cubriéndole los ojos, para después elevarla dejando al descubierto una sarcástica mirada, jugando a reprocharle el desencuentro?.&lt;br /&gt; El muelle despejado, el piso húmedo a pesar que ya no llueve, es parte de un espectáculo al que no está acostumbrada. Asistía a esa segunda función, a la que los presurosos brazos de Jorge le habían felizmente hasta ahora privado presenciar. Un momento de miradas perplejas y gritos desgarradores, de aire pesado y espeso, de música aún desafinada pero solemne. De rígidas venias y espíritus persignados. Reencuentros que huelen demasiado a despedida. Y finalmente sabe que Jorge ha llegado. Lo sabe por la gorra, a la que reconoce de todas formas aunque esta vez no vuele, pero que descansa sobre su pecho, y esa impecable y colorida bandera que lo envuelve, que lo abraza y que lo besa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-2491220089672808335?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/2491220089672808335/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/04/escena-en-el-muelle.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2491220089672808335'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2491220089672808335'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/04/escena-en-el-muelle.html' title='Escena en el muelle'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-8846892365025108992</id><published>2010-03-09T18:25:00.001-08:00</published><updated>2010-03-09T18:25:59.532-08:00</updated><title type='text'>Encuentro con Horacio Ojeda</title><content type='html'>Me hubiese gustado toparme con Horacio Ojeda en mejores circunstancias. En la época en que invocar su nombre era suficiente para hacerse un lugar en aquel pobre barrio orillero en donde me tocó crecer. En los años en que mi padre hablaba de él con una reverencia formidable. Justamente mi padre, hombre de  palabras escasas y gestos parcos. Tan frío a la hora de las emociones, pero de sangre caliente en las ardorosas tardes de bar, en donde lo defendía a fuerza de gritos y puñetazos sobre las mesas. Reverencia que en aquella parquedad nunca tuvo mucha explicación y que había sido transferida a fuerza de convicción y vehemencia.&lt;br /&gt; Mi padre se ufanaba de haber sido anfitrión de Ojeda en dos oportunidades y nos repetía hasta el hartazgo que a la gratitud de ese hombre debíamos cada metro cuadrado que pisábamos. Junto con mi hermano Mariano nos maravillaba la atención de quienes lo oían cada vez que relataba aquellas lejanas dos visitas, entregando su atención como si se tratase del más atrapante de los cuentos. La manera en que se sobresaltaban al saber que estaban sentados en la misma silla en la que Don Horacio alguna vez reposó, y que el vaso generoso de licor bien podría haber saciado a ese hombre que los fascinaba.&lt;br /&gt; Tal vez por mi edad me resultaba poco lógico encontrar el motivo por el cual se respetaba tanto a alguien del que pocos conocían su rostro. Pero sí tengo presente la manera en que mi madre corría a bajar el volumen de la radio cada vez que su nombre aparecía en alguna noticia, como protegiéndonos de alguna impensable desilusión. En algunas noches en las que el sueño resultaba difícil de conciliar discutíamos con mi hermano sobre él, suponiéndolo un héroe o el más feroz de los chacales. Y a la distancia reconozco que la figura heroica siempre me atrajo mucho más y a veces lo soñaba enmascarado, influido por las series en blanco y negro en las que encontraba refugio a la hora de la siesta.&lt;br /&gt; En aquellos veranos ardorosos los niños jugábamos a ser Horacio Ojeda. Nos intercambiábamos los roles, y gozábamos infinitamente de ser, al menos por un par de horas, amo y señor en esos terraplenes. Cuando en el juego me tocaba a mí el papel principal, lo asumía con tanta responsabilidad que me agobiaba. No solamente había que demostrar destreza en la pelea e ingenio para ocupar la casa de piedra en ruinas en manos de mis amigos. También era imprescindible esa actitud, esa prestancia magnificente que le imaginábamos. Recuerdo cuando una vez haciendo su papel me desplomé trepando una roca; y lo que en otro momento hubiese sido motivo de jocosas carcajadas aquella vez significó el escarnio más severo. Mis amigos salieron de su escondite, y mientras me miraban como si hubiese cometido la peor de las herejías, volvieron a sus casas en silencio,  con la imagen del héroe convertido en esa torpe caricatura en la que yo lo había transformado.&lt;br /&gt; Con el paso del tiempo aquella imagen heroica fue desapareciendo, pero siempre se mantuvo la  versión benefactora, la que motivaba a mi madre a invocarlo a la hora de encontrarle un trabajo para mi hermano. – Si hablaras con Don Horacio…- susurraba ella a los oídos de mi padre, prédica que él siempre rechazaba aduciendo peligro, mientras miraba a Mariano con ojos indulgentes. &lt;br /&gt; Entre viajes y días recalados en otros pueblos y ciudades,  el nombre de Ojeda fue desapareciendo poco a poco de mi vida, pero siempre retornaba a mis oídos en los visitas espaciadas. Los años me trajeron una versión de Horacio Ojeda mucho más empobrecida, pero siempre misteriosa. Rumores sobre fracasos, versiones sobre su muerte e incluso a veces aparecían historias sobre traiciones que mi padre se negó a creer y desmentía a los gritos desde su lecho de muerte. &lt;br /&gt; Pero bastó que mi madre me ruegue que vuelva a instalarme en esa vieja casa de infancia para que su nombre comenzara nuevamente a atravesar mis días. Porque sin darme cuenta comencé a recorrer los mismos caminos que mi padre había transitado alguna vez. Poco a poco comprendí que en aquel poblado hacerse un lugar a la fuerza era indispensable para despertar al día siguiente y poder brasearse al sol exento de riesgos y libre de aquiescencias. Y el nombre de Horacio Ojeda mantenía su influjo caudillesco, pero ahora compartido con numerosos adalides con las mismas pretensiones e idénticos influjos. Fue en ese tiempo en donde mis recuerdos fueron puestos a prueba. Porque a medida que notaba que su fulgor se apagaba día a día, en mi fue creciendo un instinto casi paternal que supo ser motivo de severas reprimendas.&lt;br /&gt; Y no me resultó fácil discernir en esa nueva vida la memoria intacta de mi niñez, con las exigencias de un presente que me trazaba caminos que cada vez me alejaban más de esos recuerdos mágicos y épicos. No era sencillo sentir la sombra de mi padre sobrevolando cada uno de mis actos, como si de su juicio dependiera el éxito en cada trifulca. Pero mucho me había enseñado aquella tarde del resbalón oprobioso, y en esa maraña entre los recuerdos y el hoy, no podía permitirme el favor de la duda.  &lt;br /&gt;Horacio Ojeda. Siempre soñé con tener con él mas no sea una charla de bar. Un encuentro cara a cara con el enigma. Me hubiese gustado participar en una sola de sus peleas. Integrar su banda y por una sola vez oír su voz de mando. Pero el destino no siempre cruza las vidas de la forma que uno imagina, y los caminos convergen en las formas más inesperadas. Y allí está él finalmente, dándome la espalda encorvado sobre la mesa de madera. Y aquí estoy yo, con los brazos tensos y las manos aferradas a mi fiel revolver. A punto de gatillar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-8846892365025108992?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/8846892365025108992/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/03/encuentro-con-horacio-ojeda.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/8846892365025108992'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/8846892365025108992'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/03/encuentro-con-horacio-ojeda.html' title='Encuentro con Horacio Ojeda'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1608953259075180496</id><published>2010-02-22T15:53:00.000-08:00</published><updated>2010-02-22T15:54:09.237-08:00</updated><title type='text'>Ausencia</title><content type='html'>Esa mañana amaneció así, abrazada a la sábana, envuelta sobre sí misma y con los puños tensos aferrándose a uno de los bordes del manto. El silencioso despertador sobre su mesa de luz le recordó los beneficios de los días feriados. Se desperezó lentamente, mientras colándose por las hendijas de la ventana, tenues rayos de sol dibujaban un pentagrama sobre el respaldo del robusto sillón de cuero. Tras un último bostezo se incorporó, se calzó las pantuflas rosas y cerrándose el camisón cruzando sus brazos al frente, salió del dormitorio. &lt;br /&gt;En la cocina la sutil claridad la invitó a obviar las luces; ni siquiera intentó  abrir las ventanas. Encendió la hornalla. Buscó la pava, la llenó de agua y la colocó sobre la azul llama que parecía estar reclamándola. Abrió el aparador y el avasallante aroma del café le ahorró la decisión y le impuso el desayuno. Bajó entonces el frasco con el café y junto a él, el del azúcar. Hurgó luego en la bolsa del pan y eligió minuciosamente una de las flautas. Finalmente se decidió, y sobre el aún frío mármol de la mesada, la rebanó en rodajas medianas. Muy finas se queman, demasiado anchas no llegan a ser crocantes, solía repetir a quién pudiese, refiriéndose al pan tostado como un arte supremo. Encendió otra hornalla al mínimo, y puso a calentar el tostador. El agudo zumbido del vapor le recordó retirar el agua del fuego. En la heladera la esperaba un frasco de mermelada y un pan de manteca al que situó cercano al fuego para ablandarlo. Ni bien lo hizo, se dirigió al baño.&lt;br /&gt;Apresuradamente orinó, lavo sus dientes, y con abundante agua tibia terminó por despejar su vista de la espesa huella de la noche. Sólo se tomo algo de tiempo para, frente al espejo brillante, revisar su rostro con cierta resignación. En la cocina el calor que se desprendía del tostador reveló que ya estaba a punto. Acomodó con cuidado las rodajas de pan, y en dos tandas colmó un plato de tostadas. Buscó dos tazas, y sobre un filtro acomodado prolijamente en un embudo, descargó buena parte del café. Acercó una vez más la pava al fuego. En apenas un instante la retiró y la volcó sobre el café. Por un momento cerró los ojos y aspiró el intenso aroma que de allí se desprendió. Suspendió el procedimiento, abrió los ojos y suspiró profundamente. &lt;br /&gt;Continuó sirviendo el café intercambiando el colador de una taza a otra; de manera alternada llevando una paridad casi perfecta como si se tratase ésta de una condición indispensable para el éxito del preparado. Retiró el embudo con sumo cuidado y agregó dos colmadas cucharadas de azúcar a cada taza. Las revolvió pausadamente procurando no golpear los bordes de las tazas para no hacer ruido. Abrió el pan de manteca, untó varias de las tostadas y limpió el cuchillo. Con la mermelada cubrió el resto de las tostadas, y en una ("solo una, no más") mezcló el dulce con la manteca. &lt;br /&gt; Sobre una desgastada bandeja de madera, acomodó con prolijidad las dos tazas, el plato y dos servilletas de papel. Despacio caminó hasta el dormitorio y ayudándose con la rodilla abrió la puerta. Apoyó la bandeja sobre la cama mientras unas gotas de café que se derramaron sobre las servilletas se transformaban rápidamente en gruesas manchas oscuras. Se sentó en el sillón de cuero negro y tomó la primera de las tostadas con manteca, a la que mordió con fuerza. Atrajo una de las tazas y probó con un breve sorbo. Y así, en esa lenta rutina de punzante silencio a medialuz, ofreció su desayuno. Porque a pesar de la cama vacía, de la abultada almohada en el lado derecho y el velador apagado a su frente, ella sabía que en esas sábanas retorcidas, en el intenso aroma del café y en esas crujientes tostadas rebalsadas de dulce, él aún estaba allí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1608953259075180496?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1608953259075180496/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/02/ausencia.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1608953259075180496'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1608953259075180496'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/02/ausencia.html' title='Ausencia'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-1065901289566224746</id><published>2010-01-29T10:37:00.000-08:00</published><updated>2010-01-29T10:39:57.384-08:00</updated><title type='text'>A vos no te gustaba el blues</title><content type='html'>Lo de la ropa era previsible. Lo curioso era esa forma desordenada y desprolija de hundirla en el bolso. Sin orden ni dobleces, empujando con fuerza para que el espacio se duplique. Pero algunos adornos…, juraba que ibas a destrozarlos cuando tus manos se aferraron a la escoba. Tus manos. Reconocía la tensión salvaje en esos dedos largos y filosos; mi espalda podía dar cuenta de eso. Pero no, esta vez no. Apenas una muestra más de tu manía por barrer esos vidrios, de los que de todas maneras alguien se iba a ocupar en algún momento. La sorpresa mayor era verte poseída por esa turbación agitada y no oírte respirar. En verdad estabas respirando? &lt;br /&gt;Un rato antes, extrañamente te habías arrimado al equipo y elegido la música. El primer acorde coincidió con un gesto extremadamente cruel dibujado en tu boca, mientras la elección y el volumen me tomaban por sorpresa. Elegí quedarme con esa como última imagen tuya. O fuiste vos la que tomó esa decisión? Recordaba al detalle la disputa de esa tarde; me recuerdo ciego e inflexible hasta lo irrazonable. Ya no importaba discernir nada, discutía por un orgullo del que yo mismo empezaba a descreer. Tal vez a vos te pasaba lo mismo, pero  a esa altura había dejado de importarme. Tanto como ese final que alguna vez había imaginado en el sentido inverso.&lt;br /&gt;Sabías que seguía allí; hiciste bien en ignorarme. Más de una vez me figuré el día de tu partida, pero nunca la sospeché tan minuciosa. Pude señalarte tres o cuatro cosas que estabas olvidando, pero me di cuenta que solo bastaba pensarlas para que automáticamente vos las recogieras. Un cepillo de dientes, el reloj, esos zapatos, el colgante con tu nombre grabado. Tus tropiezos me demostraban que ya no pertenecías al lugar. No reconocías puertas, alfombras, muebles. Todo se interponía entre tu bolso y la puerta. &lt;br /&gt;Desde mi rigidez esperaba que dieras un paso en falso. Pero en esa despedida final me revelaste una astucia desconocida. Cuando cerraste el bolso, la veloz mirada que recorrió la habitación tuvo la precisión de un lince. Los últimos cajones vacíos se cerraron a las patadas. Estuviste a punto de tomar de la botella el último trago de whisky y te reprendiste la debilidad con una palmada en la frente. Percibí tus pasos apurados acercándose hacia lo que yo era todavía. Pude sentir el desprecio al agacharte y la aspereza de la empuñadura  del revolver que acomodabas en mi mano aún tibia. Sentí el hielo  de una mirada que había decidido no volverse. Alcancé a ver tus pies desnudos pasando sobre mi rostro impávido y la forma meticulosa con que repasabas el picaporte antes de esfumarte para siempre. Los hermanos Vaughan sonaban a todo volumen, y a vos no te gustaba el blues.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-1065901289566224746?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/1065901289566224746/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/01/vos-no-te-gustaba-el-blues.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1065901289566224746'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/1065901289566224746'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/01/vos-no-te-gustaba-el-blues.html' title='A vos no te gustaba el blues'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-6961263344119539480</id><published>2010-01-18T16:25:00.000-08:00</published><updated>2010-01-18T16:26:21.783-08:00</updated><title type='text'>Después del frio</title><content type='html'>Con la mañana habían vuelto algunas luces. En el lento transitar por ese suelo que pesaba desafiando la gravedad, necesitaba empezar a construir una nueva rutina. Encendí la radio y giré el sintonizador al azar. Un ángel de Harlem me detuvo y me ordenó no dar explicaciones; obedecí. La música me transportó a un lejano paraíso que algunas  torpezas y un par de ingratitudes habían borrado de mi memoria. Iba a imbuirme en ese trance pero mis pulmones reclamaban el aire ausente desde que el silencio y la sombra empezaron a sobrevolar los días. Abrir la ventana significó sacrificar la manivela oxidada, que se despedazó en mi mano y le devolvió un color cobrizo que me estremeció.  Me volví y los rayos brillantes revelaron la presencia de un polvo estelar que impregnó de una vaga idea de vida a esa habitación desolada. Los sonidos de la calle se entrelazaron con algunos zumbidos que ahora volvían a resonar en mis oídos espantados. La mesa desvencijada, la botella  volcada y una frutera vacía me recordaron un dibujo torpe, repetido y destrozado una decena de veces durante noches de viajes a la deriva y el cuerpo anclado en el infierno.  Mientras la voz lejana y raída seguía desgarrándose en mis oídos, yo empezaba a vaciar el pequeño bolso atestado de algunos trapos, unos pocos jarros y unas cuantas desgracias. Tenía que saber aprovechar ese momento. La noche había durado más tres años y ese amanecer podía esfumarse en un puñado de segundos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-6961263344119539480?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/6961263344119539480/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/01/despues-del-frio.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/6961263344119539480'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/6961263344119539480'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/01/despues-del-frio.html' title='Después del frio'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-2302313210251136207</id><published>2010-01-07T06:25:00.000-08:00</published><updated>2010-01-07T06:30:45.815-08:00</updated><title type='text'>Ceremonia</title><content type='html'>Un sereno ritual irremediable. Un lento pasaje a un paraíso tan infinito como incierto. Un tenue colchón de cuerdas cauteloso y enigmático. Un coro lejano, agónico. Un vuelo rasante y letal. Un golpe de tambor con la fuerza de un mortero. Un acorde cósmico como emblema y la locura desplegada en su plenitud más embriagante. La delicia de un vals enturbiado de aullidos; la belleza de una luna herida por un puñal clavado en su centro. El color de la sangre deslizándole sigiloso, tiñéndolo todo. La solidez engañosa de un diamante hueco y sin brillo. Un sinfín de graves perturbadores marcando el impreciso ritmo del abandono. Un abismo de melodías a la deriva. Aroma  a suplicio, a encierro, a angustia despojada de bálsamos. Un bronce quejumbroso penetrando en un ser indiferente. Una inexorable sumisión progresiva. Un par de manos que acarician la música y que aprenden a apropiarse de ella. Un cuerpo exhausto que deja de batallar. Todo el veneno expresado en un grito agudo desde el desierto. El repaso fugaz de una vida representada en un puñado de imágenes de nada. La verdad sentenciada en una  punzante guitarra inmortal. Un "Shine on you, crazy diamond" como ambiente eterno, y el eco de un disparo redentor como último sonido.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-2302313210251136207?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/2302313210251136207/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/01/ceremonia.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2302313210251136207'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2302313210251136207'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2010/01/ceremonia.html' title='Ceremonia'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-197946852516800830</id><published>2009-12-26T12:12:00.000-08:00</published><updated>2009-12-26T12:14:05.987-08:00</updated><title type='text'>El mural de Miles Davis</title><content type='html'>El edificio era extremadamente pequeño y en cada uno de los tres pisos había dos departamentos. El contiguo al mío estuvo desocupado por mucho tiempo, así que cuando empecé a notar los primeros movimientos en él me alegré enormemente. Un poco por mi horario de trabajo y otro poco por la falta de espacio, pasaba muy pocas horas allí, pero el silencio de las noches me provocaba a veces cierta sensación angustiante que esperaba que con este hecho empezara a desaparecer. Debido a ese poco tiempo no tuve oportunidad de adentrarme en la mudanza, así que mi vecino continuó siendo un misterio por unas cuantas semanas, hasta que finalmente empecé a escuchar ruidos que sugerían que ya estaba instalado allí. Aproveché entonces y me presenté. Me atendió de manera muy educada, pidió perdón por no hacerme pasar amparándose en el desorden, y tras unas pocas palabras prudentes, me volví a mi departamento con la inquietante sensación que tamaña formalidad y poca locuacidad escondía algo que, desde un principio supuse, me traería problemas. &lt;br /&gt; Dos noches después fue que empecé a confirmar mis sospechas cuando ya adentrada la madrugada me despertó el sonido de una trompeta. Sobresaltado me levanté hacia la radio (siempre estaba encendida) buscando un desperfecto con el volumen, pero no había llegado a hacerlo cuando el sonido se repitió desde el departamento de mi vecino. En un principio traté de tranquilizarme, supuse que podría tratarse de una prueba de afinación o la ansiedad por un posible nuevo instrumento y evité quejarme. Tres noches consecutivas de insomnio fueron motivo suficiente como para no demorar más el reclamo. Lo hice, y para mi sorpresa no lo tomó nada mal. Aunque apenas entreabrió la puerta para atenderme, me confesó que le gustaba mucho el jazz, que el único momento en que podía disfrutar de la música era por las noches, y que a veces se entusiasmaba y se entregaba por completo a los discos, incluso sumándose a ellos como intérprete. Se disculpó, pero se preocupó en aclararme que había pasiones que no podía contener y que era probable que el ruido se repita, por lo que me pidió por favor que no dude en hacérselo notar las veces que considere necesario. En otra circunstancia hubiese intentado iniciar una charla en base a esa pasión común por la música y la trompeta, pero las altas horas de la noche y cierta parquedad en el trato me inhibió de hacerlo. Lo curioso fue que no volví a mi habitación pensando en la molestia ni en la falta de sueño, sino en la pobre imagen que mis ojos habían retenido de aquel hombre. Era extremadamente débil y esmirriado, y con su escuálida caja toráxica resultaba sumamente improbable que alguna vez obtuviese éxito con instrumento de viento alguno. Su rostro huesudo y sus cachetes adheridos a la mandíbula hasta contornearla, no me permitían imaginarlo capaz de despedir el aire suficiente como para que el instrumento llegue a ser audible desde mi departamento, como efectivamente lo hacía. Y con esa imagen más o menos inquietante rondando en mi mente, fue que finalmente pude conciliar el sueño. &lt;br /&gt; Tal cual me había prevenido aquella primera noche, las madrugadas de trompeta volvieron a repetirse. Pero en este segundo incidente ya no se trataba de afinaciones ni ejercicios, sino de torpes intentos por interpretar melodías completas. Y sucedía algo extraordinario: Alberto (en algún momento durante los encuentros anteriores me había dicho su nombre) no se conformaba con interpretaciones sencillas, sino  que se sumergía a obras complejas, con lo cual su impericia se tornaba más notoria y martirizante. Así era que sobre el lejano  sonido del Louis Amstrong de “Honeysuckle Rose” se superponían los estridentes y desafinados aportes de la trompeta de mi vecino. &lt;br /&gt;Reconozco que soy dueño de un oído extremadamente susceptible. Que soy capaz de soportar un aroma desagradable, el sabor más amargo, una imagen terriblemente patética y hasta la aspereza capaz de sangrar mis manos, pero la menor de las disonancias es suficiente para irritarme y exaltarme hasta hacerme reaccionar de las formas más imprudentes. Sin embargo el extraordinario buen gusto por las composiciones que mi vecino elegía para seguir con su trompeta me provocaban indulgencia y a la vez algo de admiración en su persistencia. &lt;br /&gt;Los meses se fueron sucediendo y los episodios se repitieron. Yo cumplía con advertirle la molestia, y él amablemente pedía disculpas. Pero lo peor de todo era que sus interpretaciones no mostraban progreso alguno. Y como si esto resultara poco, las piezas a seguir aumentaban en dificultad. Así fue que pasé una semana entera oyendo su tosco intento de ponerse a la par del saxo de Ornette Coleman en una endiablada versión de “Street woman”. Aturdido, empecé a buscar otras soluciones. Hablé con los otros vecinos pero nadie tenía mayor referencia de él, ni tampoco de sus ruidosas costumbres nocturnas. Entonces se me ocurrió que la solución estaría en superponer mi música a la suya. Cada vez que Alberto se pusiera a tocar, yo elevaría el sonido de mi equipo de audio para demostrarle lo fastidioso e incómodo que semejante volumen podía resultar en la madrugada. Pero el plan fracasó al primer intento, cuando mis oídos fueron testigos de su desafortunado empecinamiento en igualar la intensidad del “Let´s get lost” por Chet Baker que yo había elegido como arma defensiva. &lt;br /&gt;Si el primer intento resultó un fracaso, nada puede compararlo con el de la segunda estrategia empleada. En momentos calmos me había puesto a pensar en qué era lo que más le podía molestar a un músico en trance y comprendí que la solución pasaba por traer un perro. Uno pequeño, de esos que ladran sin motivo y taladran los oídos humanos, mas aun en el reducido espacio de un departamento. Sabía que también me iba a resultar terrible, pero en ese momento solo deseaba recuperar la calma de mis noches; ya tendría tiempo de pensar luego en la manera de librarme del can. En una veterinaria barrial me decidí por un pequinés, y así fue durante el día previo a estrenar el método, lo estuve peleando toda la tarde para excitarlo y comprobar lo impertinente que podía resultar. Esa noche ansioso esperé que la trompeta empezara a sonar y entonces comencé a azuzar al perro para que ladre. El resultado fue devastador. Durante largas jornadas tuve que sufrir al pequinés y al trompetista trenzándose en furiosas guerras de agudos que terminaron por enloquecerme. Al perro pude devolverlo a la veterinaria, después de demostrarle al vendedor que estaba dispuesto a matar al animal si volvía a escucharlo ladrar una sola vez más. Solo me quedaba librarme del trompetista.&lt;br /&gt; Mientras agotaba el tiempo pensando en una solución que no incluyera la violencia, su inagotable versatilidad a la hora de crear desacoples no cesaba en absoluto. Su “Flamenco Sketches” resultaba decididamente tortuoso, y junto con su perseverancia yo empezaba a notar que mi odio hacia él  se estaba empezando a transladar hacia la música.  Fue entonces cuando comprendí que ya no podía esperar más. Decidido a ponerle fin a esa tortura fue que finalmente me presenté en su departamento, y tal vez notando mi ofuscación, él me invitó a entrar. No pensaba tomarme mucho tiempo, bastaría con ser concreto y seguro para persuadirlo de ponerle fin a sus incursiones musicales y recuperar la calma de mi sueño. En una caso extremo, debería recurrir a alguna amenaza, aprovechando que su cuerpo escuálido no podría permitirle plantarse con mucha solidez ante una intimidación más o menos firme. &lt;br /&gt;Una vez adentro me invadió la curiosidad. Necesitaba reconocer en el lugar las huellas de aquella extraña pasión hacia la música, y comprender el inexplicable desprecio simultáneo que significaba su intento por interpretarla. Mientras él preparaba el café que había ofrecido, me puse a recorrer el pequeño lugar y quedé absorto. Aquella habitación era un auténtico recinto sagrado para cualquier melómano. Una torre de compacts  revelaba títulos de Adderley, Coltrane, Gillespie, Chet Baker, Marsalis y Charlie Parker, ordenados de manera  prolija y meticulosa. En la biblioteca abundaban revistas especializadas y libros sobre jazz, y junto a ella se encontraba un atril con una pila de partituras. Pero nada me llamó más la atención que aquel Miles Davis gigante que al girar pude ver cubriendo por completo la pared contigua a mi departamento. De anteojos oscuros y  chaqueta de flecos roja, presidía la habitación con sus brazos extendidos a su lado, como crucificado por aquellas andanadas de torpeza que mi vecino le atestaba a él también, noche tras noche. Y de repente, al volverme me topé con una vitrina en donde relucía una Vincent Bach impecable. Entonces, decididamente perdí el control. El  sueño de toda mi vida descansaba en las manos menos pensadas y merecidas. En ese momento me invadió el odio y comprendí que nada de aquello podía ser casual. Concluí que no había capricho en el mundo que pudiese justificar aquella comunión de buen gusto y torpeza interpretativa. Que todo aquello solo encontraba explicación en un siniestro plan diabólico en busca de la destrucción de aquella música que yo amaba. La idea no hizo más que elevar mi indignación y me llevo a  perder definitivamente el control. No lo dudé, tenía que destruir aquella obra del demonio. Miré hacia el mural de Miles Davis como pidiendo permiso, y tomé la trompeta con cuidado. Apenas entró con las manos temblorosas sosteniendo los pocillos de café, yo ya no veía a un vecino molesto, ni a un inepto trompetista, sino al mismísimo demonio intentando conquistar mi tolerancia con el brebaje caliente, y  caminé hacia él.  Su mirada reveló una extraña soberbia, suponiendo mi envidia por aquel instrumento que ahora yo sostenía, y esto me confirmó que no sospechaba absolutamente nada. Ni bien lo tuve a tiro, en un acto repentino mientras con una mano lo sostenía del cuello, introduje violentamente la trompeta en su boca hasta haberme asegurado que había perforado por completo su garganta. Cayó boca arriba con los pocillos derramados a su lado y la trompeta emergiendo vertical de su boca. Después limpié mis huellas del instrumento, y luego de pasar por mi departamento a recoger las pertenencias que juzgué imprescindibles, me dispuse a escapar colmado de una inmensa satisfacción.&lt;br /&gt;Antes de huir, y tal vez actuando como el más experto de los criminales, no pude evitar pasar nuevamente escena del crimen a confirmar que todo siguiera de la misma forma; temía que un suspiro final pudiese arrancarle una sola nota más a la trompeta. Y es al día de hoy que no sé si fue mi imaginación o si en verdad sucedió, pero puedo asegurar que antes de cerrar definitivamente la puerta elevé mi vista hacia el mural, y créanme que sonreía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-197946852516800830?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/197946852516800830/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2009/12/el-mural-de-miles-davis.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/197946852516800830'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/197946852516800830'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2009/12/el-mural-de-miles-davis.html' title='El mural de Miles Davis'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2542655394565063638.post-2840441787866633900</id><published>2009-12-22T06:51:00.000-08:00</published><updated>2009-12-22T06:57:51.036-08:00</updated><title type='text'>Frio</title><content type='html'>Recién había vuelto de la sombra. Las voces y los estruendos de pronto se habían esfumado. Las tres o cuatros certezas que habían permanecido en pie tenían el signo de la claudicación. En el vacío, la humedad había hecho su reinado y la madera olía a indolencia. Los cigarrillos seguían allí, el desorden también. Las lámparas funcionaban pero la luz se me ocurrió ofensiva.  Un goteo incesante había dejado un rastro herrumbroso en su pulso con ritmo de cuenta regresiva. Me acerqué al display titilante, y entre todos los sonidos posibles elegí el silencio. Recorrí el espacio lentamente, de repente sentía por ese lugar un particular respeto. La mayoría de las cosas aún me resultaban familiares, la lógica de los objetos iba reordenando los pantallazos de aquellos días. Dos vasos volcados sugerían alguna compañía; o una soledad repetida. Un creciente cosquilleo en mi pie izquierdo me recordó la falta de una zapatilla; me descalcé. Me sobresaltó el crujido de la cama; el instantáneo movimiento ascendente me devolvió fugazmente una agilidad desconocida. Volví a mi ritmo minucioso. Los cajones permanecían previsiblemente vacíos, excepto uno que directamente había desaparecido. El orden paulatinamente se iba recomponiendo. El instinto me llevó a recordar un refugio. Levanté uno de los vasos y lo repasé con la camisa desalineada. Hurgué  a tientas en el cajón rebelde. Tomé la botella y la descorché en una ceremonia que recordaba más grata. Me serví. La etiqueta prometía frutas secas y tabaco. Yo solo alcanzaba a sentir frío y angustia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2542655394565063638-2840441787866633900?l=hernandardes.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://hernandardes.blogspot.com/feeds/2840441787866633900/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2009/12/frio.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2840441787866633900'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2542655394565063638/posts/default/2840441787866633900'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://hernandardes.blogspot.com/2009/12/frio.html' title='Frio'/><author><name>Hernán Dardes</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07598560781951627495</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_DpWFDPun2pI/TF3fbgE4r_I/AAAAAAAAABs/TjvYRCfQDkI/S220/19940_1364750796332_1158484209_1122694_5315596_n.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry></feed>
